MunicipalesNacionalesOpinión

Miguel Vargas Maldonado: En el gobierno de Luís Abinader se ha disparado el costo de la vida

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO.-

En medio del ruido ensordecedor de promesas incumplidas y expectativas truncadas, la gestión de Luis Abinader se ha erigido como un monumento a la decepción. Bajo su mandato, el tejido social se deshilacha día a día, dejando a su paso un rastro de descontento, desesperanza y desilusión.

Miguel Vargas Maldonado, con la voz impregnada de indignación y la mirada clavada en la verdad incómoda, nos recuerda que el precio de la comida se ha disparado hasta alcanzar cotas insostenibles para la mayoría de los ciudadanos. Mientras los estómagos rugen de hambre, la inseguridad ciudadana campea a sus anchas por las calles, tejiendo un manto de temor que ahoga la esperanza.

Los apagones, cual sombras fantasmales, oscurecen nuestro horizonte, recordándonos que la promesa de un futuro brillante se desvanece entre cortes de luz interminables. Y en las sombras, el narcotráfico se fortalece, alimentando sus raíces en un suelo abonado por la corrupción y la impunidad.

Pero el desastre no se detiene ahí. La salud y la educación, pilares fundamentales de cualquier sociedad que aspire al progreso, se desmoronan ante la mirada impotente de aquellos que confiaron en un cambio que nunca llegó. Los hospitales se convierten en cementerios improvisados, mientras las aulas se llenan de promesas rotas y sueños aplastados.

El nepotismo, los desvíos de recursos, la prevaricación y el acoso se erigen como los nuevos mandamientos de un gobierno que ha hecho de la corrupción su bandera. La ética y la transparencia se convierten en meros conceptos abstractos, pisoteados por la voracidad insaciable de aquellos que juraron defender el interés público.

En este panorama desolador, el caos, la mentira y la improvisación son moneda corriente. Y mientras el país se sumerge en la oscuridad, el peligro acecha en el horizonte. El temor a una «haitianización» inminente, alimentado por una política exterior errática y descontrolada, nos sitúa al borde del abismo, al borde de la disolución como nación.

Es hora de alzar la voz, de no permitir que el manto de la indiferencia cubra nuestros ojos. Es hora de exigir cuentas, de reclamar un futuro digno para nuestras generaciones venideras. Porque el país no puede sucumbir ante la incompetencia y la rapacidad de unos pocos. Porque aún queda esperanza, si estamos dispuestos a luchar por ella.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *