El debate en el juego de dominó y Lucifer (1 de 3)
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO.-
Cada jueves, como un ritual casi sagrado, un grupo de amigos profesionales en diversas áreas nos reunimos para jugar dominó. Aunque las fichas resuenan sobre la mesa y las bromas vuelan de un lado a otro, estos encuentros siempre terminan derivando en debates filosóficos y reflexiones profundas.
Es como si el ruido de las fichas y las risas abrieran espacio para preguntas que, de otro modo, no nos atreveríamos a plantear. El jueves pasado, Frank, un hombre acucioso y metódico, lanzó una idea que me dejó pensando profundamente. Mientras mezclaba las fichas, preguntó:
¿Qué pasaría si Lucifer, cansado de oponerse a Dios, decidiera convertirse?
Hubo una pausa. Algunos se rieron, otros se quedaron reflexionando. Pero Frank continuó: Piensen en esto: si Lucifer se arrepiente y deja de ser el enemigo de Dios, ¿qué pasará con los cristianos? Sin enemigo, ¿se acabaría su misión? ¿Se cerrarían las iglesias? Después de todo, el demonio no tiene templos; solo Dios es el dueño de las iglesias.
La mesa quedó en silencio. Las palabras de Frank resonaron con más fuerza que el sonido de las fichas golpeando la mesa. Uno de los compañeros, un médico, levantó la voz: Eso cambiaría todo el esquema de la fe cristiana. La lucha entre el bien y el mal es la base de muchas doctrinas.
Otro, un abogado, añadió:
Pero eso también implica que las personas tendrían que encontrar su espiritualidad más allá del temor a un enemigo. Quizás eso sería un cambio positivo. El médico, intrigado por la idea, decidió llamar a su hermana, una ferviente creyente, para plantearle la pregunta. Puso el teléfono en altavoz y, después de saludarla, fue directo al punto:
Hermana, si Lucifer se convierte, ¿se acabaría el trabajo de los cristianos?
Del otro lado de la línea hubo un silencio sepulcral. Por unos segundos, todos en la mesa esperaron la respuesta, pero no llegó. Finalmente, ella respondió con un titubeo: No… no sé qué decirte.
El médico colgó, sacudiendo la cabeza con una sonrisa, y comentó: Ni los más creyentes tienen una respuesta clara para esto.
Mientras hablaban, yo seguía reflexionando. La idea de Frank no solo cuestionaba la existencia de un enemigo externo, sino también la dependencia de los humanos a las estructuras creadas para enfrentar ese enemigo. ¿Qué sería de la humanidad si ya no tuviera a quién culpar por el mal en el mundo?
Esa noche terminamos el juego sin respuestas claras, pero con muchas preguntas. Al despedirnos, me quedé con una certeza: quizás el verdadero desafío no está en el arrepentimiento de Lucifer, sino en que nosotros aprendamos a vivir sin buscar siempre un enemigo.
Así, entre fichas de dominó, una llamada telefónica y reflexiones inesperadas, recordé que las grandes preguntas a veces surgen en los lugares más cotidianos. Y tal vez, solo tal vez, nuestra misión no es derrotar al mal, sino encontrar lo divino dentro de nosotros mismos.

