Farandula

Frank, el abogado exprés

 

Por Roberto Veras

DISTRITO NACIONAL.-

Hace más de un año, mi amigo Frank comenzó a hablar con entusiasmo de su plan de estudiar Derecho. Según él, era cuestión de tiempo, porque la mayoría de sus amigos ya eran abogados.

“¿Por qué quedarme atrás?”, decía, mientras se imaginaba defendiendo grandes casos marítimos en los estrados. Aplaudí su decisión, aunque no podía evitar preguntarme si realmente tenía el tiempo, la disciplina y, sobre todo, la paciencia para una carrera tan demandante.

Un buen día, Frank me anunció con orgullo que ya estaba inscrito en la facultad. Apenas habían pasado cuatro meses desde su primer día de clases cuando un giro inesperado en nuestra amistad me dejó sin palabras.

Como comunicador, a menudo cubro noticias en el Palacio de Justicia, especialmente aquellas que afectan nuestro municipio de Santo Domingo Este. Ese día en particular, me tocó  un caso importante que tenía a todo el distrito pendiente. Llegué temprano al Palacio, equipado con mi cámara, listo para captar las declaraciones de fiscales y abogados.

El lugar, como siempre, era un hervidero de actividad: abogados cruzando de un lado a otro con expedientes bajo el brazo, familiares de los acusados buscando dónde sentarse, y periodistas como yo, en busca de la mejor historia. Cuando finalmente terminé de recopilar información, me dirigí a las escalinatas para salir del edificio.

Ahí fue cuando lo vi.

Frank, mi amigo, subía las escaleras con paso firme. Pero no iba vestido de manera casual, como alguien que viene a observar o a cumplir con un trámite. ¡No! Frank llevaba puesta una toga negra con sus vivos morados, el atuendo solemne de los abogados que se disponen a litigar.

No pude evitar quedarme boquiabierto. Sin pensarlo, le grité desde las escalinatas: ¡Frank! ¿Qué es esto? ¿Cómo que ya vienes con toga? ¿Qué, con apenas cuatro meses de clases ya te subes a los estrados?

Frank, lejos de incomodarse, me miró con esa sonrisa confiada que siempre llevaba, como si ya hubiera calculado la respuesta perfecta. Subió los últimos peldaños, se detuvo a mi lado y me contestó entre risas:

¿Y qué tú creías? El que no se lanza nunca llega. ¡Aprovecho cada oportunidad! Intenté contener la risa, pero no pude evitar bromear: Si sigues a este ritmo, Frank, cuando termines la carrera no serás abogado cualquiera, ¡serás el presidente de la Suprema Corte de Justicia!

Nos reímos juntos, pero lo curioso fue que él no negó mi comentario. Simplemente siguió su camino con la misma seguridad con la que había subido esas escaleras.

Más tarde, mientras reflexionaba sobre aquel encuentro, no podía dejar de pensar en Frank y su peculiar forma de ver la vida. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Tenía un caso propio? ¿Se estaba adelantando a los protocolos, como siempre?

Sea lo que sea, Frank es un personaje único. Mientras otros dudaban o se detenían por temor a no estar listos, él tomaba la delantera, incluso con los mínimos recursos y la preparación más básica.

Al final del día, entendí que el secreto de Frank no era su conocimiento del Derecho, sino su habilidad para proyectar confianza, incluso cuando no la tenía toda. Y aunque el camino parecía irreal, me quedó claro que su espíritu de lanzarse de lleno a los desafíos era algo digno de admiración. ¿Será que realmente algún día lo veamos en la Suprema Corte de Justicia? Bueno, con Frank, todo es posible.

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