“7 Días con el Pueblo” Una juventud soñadora en tiempos de cambios
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO.-
Con apenas 14 años, mi mente estaba llena de sueños e ideales de cambio para nuestra sociedad. Cursaba estudios en la Escuela Panamá y, como miembro activo del grupo estudiantil UNER, soñaba con formar parte de los movimientos que buscaban justicia social y transformación en aquellos tiempos difíciles. Uno de los mayores anhelos de nuestra generación era vivir de cerca el icónico concierto «7 días con el pueblo», un evento histórico que se celebró del 25 de noviembre al 1 de diciembre de 1974.
Ese concierto no solo era un espacio para disfrutar música, sino un estandarte de lucha, resistencia y esperanza. Reunió a artistas nacionales e internacionales que, con sus canciones, daban voz a los sectores marginados, clamaban por derechos humanos y alentaban la unidad popular. Para nosotros, jóvenes llenos de pasión y energía, ese evento era mucho más que un espectáculo; era una oportunidad de sentirnos parte de algo más grande, un movimiento que buscaba cambiar las estructuras injustas de nuestra sociedad.
Pero, como era común en aquellos años de represión, mi abuela materna, Ercilia Minaya una mujer sabia y protectora, no me permitió asistir. Alegó, con sobrada razón, que después del concierto las autoridades harían redadas para detener a los jóvenes que participaran en la actividad. En su voz había más que precaución; había el peso de la experiencia y el conocimiento de las dinámicas de represión de la época.
Acepté su decisión, aunque con el corazón dividido. Era rebelde, sí, pero no con mis tutores. A pesar de mi espíritu de lucha, sabía que el respeto a mis mayores y su sabiduría era una base fundamental en mi formación.
Años después, entendí que esa prohibición fue un acto de amor y protección en un contexto donde la simple manifestación de ideales podía costar la libertad, e incluso la vida. El recuerdo de aquellos días, el fervor juvenil por la justicia, y el respeto a la autoridad de mis mayores sigue marcando mi vida. Hoy sé que los sueños de cambio, aunque no siempre se viven en el momento deseado, nunca mueren.
«7 días con el pueblo» quedó en mi memoria como un símbolo de lucha y esperanza, pero también como una lección de la importancia de combinar rebeldía con sabiduría. Los ideales que nos movían entonces siguen siendo parte esencial de mi ser, alimentados por las experiencias de una juventud que soñaba con un mundo mejor.

