El misterio del orbe amarillo una reflexión narrada sobre lo inexplicable
Por Roberto Veras
BOCA CHICA.-
Hace aproximadamente siete años, me encontraba disfrutando de una tarde en la playa de Boca Chica, uno de esos lugares donde el cielo parece dialogar con el mar.

Como amante de los atardeceres, no podía resistir la tentación de capturar las luces del sol al descender. Ese espectáculo, siempre majestuoso, tiene una magia especial que nos recuerda lo pequeños que somos frente a la inmensidad de la naturaleza.
Con mi cámara en mano, me sumergí en el momento: el cielo teñido de naranjas, rosas y púrpuras, las olas rompiendo suavemente en la orilla, y ese sentimiento de conexión con algo mayor. Tomé varias fotografías, cuidando cada encuadre y cada ángulo, intentando inmortalizar esa paz efímera.

Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó horas después, cuando al pasar las imágenes a la computadora, noté algo peculiar. En varias de las fotografías, aparecía un orbe amarillo, casi suspendido en el aire, como si fuese un espectador más del atardecer. No había una explicación inmediata para aquello. Ni destellos de la lente ni efectos de la luz parecían justificar su presencia.
El orbe, perfectamente redondo, parecía tener una luz propia, ajena al resto de los colores del cielo. En un primer momento, mi mente intentó racionalizarlo: «Quizá sea un reflejo», me dije. Pero no, estaba ahí en varias fotografías, cambiando sutilmente de posición, como si hubiese decidido moverse mientras yo capturaba el paisaje.
Ese hallazgo despertó en mí una oleada de preguntas. ¿Qué era realmente? ¿Un fenómeno natural que escapaba a mi entendimiento? ¿Un juego de luces que mi cámara había atrapado de manera única? ¿O acaso algo más misterioso, algo que trasciende lo que conocemos?

El orbe amarillo se convirtió en una especie de símbolo personal de lo desconocido. Cada vez que lo recuerdo o reviso esas imágenes, no puedo evitar reflexionar sobre lo limitado que es nuestro entendimiento del mundo. Quizá hay realidades, energías o entidades que coexisten con nosotros, pero que nuestras percepciones no están preparadas para captar del todo.

Ese momento en Boca Chica no solo me dejó con un archivo de fotos espectaculares, sino con una lección más importante: la vida está llena de misterios que a menudo pasan desapercibidos. En un mundo donde todo parece explicable y clasificable, el orbe amarillo me recordó que todavía hay maravillas esperando ser descubiertas, y que no siempre necesitamos respuestas, sino la disposición de maravillarnos ante lo desconocido.
Ahora, cada vez que veo un atardecer o levanto la cámara para capturar una escena, dejo un espacio en mi mente para lo inesperado. Quizá algún día el misterio del orbe amarillo tenga una respuesta. O quizá no, y eso también está bien. Porque hay belleza en lo que no entendemos, en las preguntas que nos invitan a seguir explorando.

