La corrupción en República Dominicana en tiempos de crisis
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO.-
En nuestra sociedad, la corrupción se ha convertido en una plaga que no conoce barreras ni tiempo, y, paradójicamente, es en los momentos de crisis cuando esta adquiere su mayor fuerza.
La necesidad de soluciones rápidas, la desesperación por encontrar respuestas ante los problemas que nos aquejan, se ve aprovechada por aquellos que están dispuestos a utilizar prácticas corruptas para su propio beneficio. Este fenómeno se torna alarmante, no solo por su prevalencia, sino también por la forma en que se ha convertido en parte del tejido de nuestra vida política, económica y social.
Si hacemos una simple auditoría visual, basta con observar cómo el soborno, esas transacciones ocultas que no deben existir en un sistema democrático y justo, se maneja de manera soterrada. Los contratos públicos, las licitaciones, las obras que deberían beneficiar a todos, en realidad terminan siendo la fuente de enriquecimiento ilícito para unos pocos.
En medio de la crisis, estas prácticas se multiplican, aprovechando el desespero y la opacidad de los procesos. Los contratos que se dan, las obras que se ejecutan, son como espejismos que ocultan los verdaderos intereses de aquellos que se benefician de la penuria ajena.
El padrinaje, que en principio debía ser un mecanismo de apoyo y solidaridad, se ha distorsionado, convirtiéndose en una herramienta para garantizar lealtades políticas a cambio de favores. Así, en el seno de nuestra sociedad, es cada vez más evidente cómo este tipo de relaciones crece, se expande y, lo que es aún más grave, no se oculta.
El nepotismo, esa práctica que en sus formas más perversas fomenta la desigualdad y la injusticia, florece sin vergüenza. Las familias, los amigos cercanos y los aliados políticos encuentran espacios donde el mérito queda en segundo plano, mientras la lealtad política se convierte en la moneda de cambio.
Es desgarrador observar cómo en muchos casos las decisiones que se toman en los altos círculos del poder no responden a las necesidades de la sociedad, sino a la necesidad de asegurar la permanencia en el poder.
En tiempos de crisis, es cuando más se afianza este círculo vicioso, ya que los recursos escasean, pero el apetito por ellos crece, y la solución parece ser seguir alimentando el sistema de favores. Esto perpetúa una estructura de poder en la que los que están fuera del círculo político o económico se ven obligados a luchar por un pedazo de la torta que siempre se reparte entre los mismos.
Lo más alarmante de todo esto es que, en muchas ocasiones, este comportamiento se normaliza. Aquellos que se benefician de la corrupción y el nepotismo se sienten intocables, mientras que la sociedad, en su mayoría, se ve impotente.
El miedo y la falta de acción se convierten en cómplices de este sistema que, a su vez, va destruyendo poco a poco los cimientos de una sociedad justa y equitativa. La falta de transparencia en la gestión pública y la constante sensación de que el sistema está diseñado para los mismos de siempre, genera desconfianza, frustración y desilusión.
Es urgente que la sociedad despierte. Ya no podemos seguir tolerando que, en medio de las crisis, se sigan utilizando los mismos mecanismos de corrupción para mantener el poder.
Debemos exigir a nuestros representantes políticos, a las autoridades y a los líderes sociales, que actúen con transparencia, que se comprometan con la lucha contra la corrupción y que no permitan que el sistema continúe siendo un campo de batalla para los intereses personales. Solo así podremos salir de este ciclo vicioso que está afectando tanto a las generaciones actuales como a las futuras.
El soborno, el padrinaje y el nepotismo no pueden ser vistos como algo natural ni aceptado. Son prácticas que deben ser erradicadas de nuestra sociedad si realmente aspiramos a un futuro mejor, más justo y equitativo para todos.
La crisis puede ser el punto de partida para un cambio significativo, pero eso solo sucederá si nos atrevemos a enfrentar la corrupción de manera frontal y a reconstruir los valores que deben regir nuestra convivencia.
Es hora de que la verdad salga a la luz, de que se responsabilicen los que han hecho uso indebido del poder y de que comencemos a construir una sociedad basada en principios y no en intereses oscuros. Solo entonces podremos asegurar que, a pesar de la crisis, hay esperanza para el futuro.

