«El mango verde banilejo y Omar Fernández»
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO.-
Hoy, como de costumbre, un grupo de periodistas nos reunimos en «Bella Vista Mall». Entre el café y las anécdotas, surgió el tema de Omar Fernández, una figura que ha captado la atención tanto de la clase política como de los ciudadanos.
Uno de los colegas compartió una historia personal: tiene un hijo muy allegado a Omar, quien disfruta fotografiarse a su lado. Según contó, esa cercanía le hace sentir bien, quizá como si la energía y la promesa de futuro que representa Omar se transfirieran a quienes lo rodean.
Además, su hijo destacó que Omar es un excelente bailarín y un talentoso pianista. A lo que el periodista comentó: “¿Y qué se puede esperar del hijo de una persona que ha sido presidente?”
Sin embargo, la conversación no se detuvo allí. Otro periodista, con un tono algo más crítico, ofreció una comparación que quedó flotando en el aire. Dijo que a Omar Fernández le estaba sucediendo lo mismo que a los mangos banilejos cuando se tumban verdes: para que maduren rápido, hay que echarles carburo.
La metáfora provocó risas, pero también reflexión. ¿Se refería a la juventud de Omar? ¿A su falta de experiencia en algunos aspectos políticos? ¿O tal vez a la percepción de que hay un impulso artificial detrás de su ascenso?
La pregunta que surgió fue directa y contundente: “A pesar de ser un buen joven, ¿qué puede enseñar Omar Fernández? ¿Qué ha hecho como carta de presentación?” Una interrogante que abre un debate más amplio sobre el mérito, la experiencia y la legitimidad en la política.
El comentario se quedó allí, suspendido, hasta que alguien cerró la conversación con una frase que resonó profundamente: “El que tenga oídos, que oiga.”
Y ahí está la cuestión. Omar Fernández es, sin duda, una figura prometedora, con el carisma y el apellido que le abren puertas, pero también con la presión constante de estar a la altura de las expectativas. ¿Será capaz de madurar al ritmo natural de su carrera, o dependerá de los «carburos» políticos para llegar a su punto de madurez?
La política, como los buenos mangos, requiere tiempo, paciencia y un entorno adecuado para madurar. Es la experiencia, el aprendizaje y los desafíos superados lo que define el verdadero carácter de un líder. El riesgo de acelerar el proceso está en que lo artificial nunca sustituye a lo auténtico.
Quizá el tiempo, y solo el tiempo, tenga la respuesta. Por ahora, nosotros, los observadores, solo podemos mirar, analizar y esperar. Porque en política, como en la vida, las cosas forzadas nunca terminan bien. “El que tenga oídos, que oiga.”

