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Cuando la improvisación se convierte en tragedia

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO ESTE, RD.-

Antes de que se coloque el primer bloque, antes de que se vierta la primera mezcla de concreto o se levante una sola columna, hay una verdad técnica que no puede ser ignorada: toda construcción debe iniciar con un estudio de suelo.

Y es que el terreno, con sus particularidades y condiciones geológicas, es el primer actor que determinará la seguridad de una obra. Sin este análisis, cualquier estructura está edificada sobre una apuesta, no sobre ciencia.

Consultamos al ingeniero Garibaldi Dever, quien nos explicó con claridad lo que muchos prefieren ignorar por ahorrarse unos pesos. Cuando se habla de construir, el cálculo estructural es la clave entre la vida y el desastre. Dever explicó que en toda obra deben contemplarse dos tipos de cargas: el peso muerto y el peso vivo.

“El peso muerto es la combinación del acero y el concreto, o sea, lo que conforma la losa en sí. Mientras que el peso vivo incluye todo lo que se le añade después: aires acondicionados, tinacos, personas, muebles…”, detalló el ingeniero.

Estos elementos no pueden estimarse al ojo por ciento ni dejarse a la suerte del ‘maestro de obra’. Para eso existen los cálculos, los planos y los profesionales que estudian cada milímetro de una edificación. No se trata de un lujo ni de un capricho de los ingenieros: se trata de garantizar que el techo no se desplome sobre quienes lo habitan.

Pero lo preocupante, lamentablemente, es que muchos propietarios de construcciones, por ahorrarse el pago de un ingeniero estructuralista, deciden dejar en manos de un maestro constructor toda la obra. Personas que, aunque tienen experiencia práctica, no cuentan con la formación técnica ni la capacidad legal para asumir semejante responsabilidad.

Y ahí es cuando comienzan las tragedias. Techos que colapsan, paredes que ceden, edificaciones que no soportan ni el peso para el que fueron mal concebidas. Las noticias de derrumbes suelen presentarse como accidentes, pero en la mayoría de los casos son consecuencias evitables de la improvisación.

Un estudio de factibilidad no es opcional. Es una obligación. Y construir sin seguir los pasos técnicos establecidos es jugar con la vida de quienes ocuparán esa estructura.

Como sociedad debemos entender que la seguridad estructural no es un gasto, es una inversión en vidas humanas. Y que cuando se sustituye el criterio del ingeniero por la economía de la improvisación, la factura final puede ser impagable.

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