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El juicio suspendido al león de ojos azules

 

Por Juan Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En el corazón de la selva odfélica, donde los ecos de la verdad se pierden entre el follaje del poder, se esperaba con ansias el juicio del león de ojos azules. Su melena ya no brilla como antes, y sus rugidos —antaño imponentes— ahora son susurros de defensa ante una comunidad que clama por justicia. Pero el juicio fue suspendido…

Falta de quórum, dijeron. Una táctica vieja como la misma selva. Cuando las ramas crujen y las hojas se agitan con la brisa del escándalo, muchos animales prefieren no presentarse.

No por miedo, sino por estrategia: no quieren cargar con culpas ajenas ni salpicar sus pelajes con la responsabilidad de sancionar lo que todos saben que merece sanción. Porque sí, lo que hizo el león de ojos azules es grave. Pero entre los árboles se murmura que en esta selva la justicia no siempre es pareja. A veces se aplica, a veces se posterga… y muchas veces se negocia.

En esta ocasión, solo acudieron dos eméritos —viejos sabios o viejos cómplices, según a quién se le pregunte— y dos representantes de la Gran Selva. Cuatro presencias para un juicio que requería más testigos, más coraje y menos indiferencia.

El león mudo, que ocupa ahora el trono de los rugidos silenciados, ha decidido posponer el juicio. Promete que será público, como si eso fuera garantía de justicia y no una nueva representación teatral para apaciguar al resto de los animales.

Mientras tanto, el mono no deja de brincar de rama en rama. Con una sonrisa astuta y mirada esquiva, sabe que no debe agitar mucho las hojas: le han prometido que él será el próximo jefe de la manada. ¿Para qué romper el equilibrio si puede escalar en silencio?

Desde lo alto de la Gran Selva, donde el sol solo alumbra a los que forman parte del círculo, ya se respira el humo de los acuerdos. Apoyan ahora al león del municipio de Nagua, el nuevo ungido. Todo se negocia por encima de los delegados, que siguen esperando ser tomados en cuenta. El poder los esquiva como el viento a las hojas secas.

Los animales de la selva miran, escuchan y se preguntan: ¿quién decide en realidad? ¿Dónde está la transparencia que prometieron? ¿Quién juzga al juez cuando el juicio se vuelve una pantomima?

Saque usted sus propias conclusiones.

Porque en esta selva, cada rugido tiene dueño, cada silencio tiene precio, y la verdad, muchas veces, termina devorada por las fieras del poder.

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