“El teatro del poder: la falsa reverencia de Trujillo ante su hijo”
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
La historia dominicana está llena de escenas que parecen arrancadas de una tragedia griega, donde la sangre y el poder se entrelazan como única fórmula de gobierno. Una de las más trágicas, narrada por Robert Crassweller en La trágica aventura del poder personal, es la desaparición del profesor Jesús de Galíndez en 1957 y el aparente suicidio en prisión de Octavio de la Maza.
Estos hechos, aunque separados por tiempo y contexto, terminan cruzándose en una misma coreografía montada por Rafael Leónidas Trujillo para lavar culpas, apaciguar conciencias y proteger su imagen de padre.
Octavio de la Maza, acusado de asesinar a Murphy, un aviador estadounidense ligado a la desaparición de Galíndez, hallado muerto en su celda. El rumor: se ahorcó. La verdad: otra más de las sombras que envolvieron al régimen. Lo insólito del caso no fue solo su muerte, sino la reacción del dictador. Trujillo convocó a una reunión con la cúpula de su gobierno. Allí, ante todos, con su hijo Ranfis presente, ofreció una explicación tan teatral como innecesaria.
Ranfis era íntimo amigo de Octavio. En medio de aquel encuentro oficial, se mantuvo de pie, en reverencia, con la cabeza baja. No habló. No cuestionó. No reclamó. Fue su forma muda de expresar indignación, dolor o, quizás, impotencia.
Trujillo, en cambio, aprovechó el momento no para un acto de honestidad, sino para un gesto calculado: una especie de disculpa pública disfrazada de justificación. El dictador, acostumbrado a que todo girara en torno a su voluntad, montó aquella escena como un teatro de Estado cuando pudo y debió haber resuelto todo en la intimidad, de padre a hijo.
Pero el poder absoluto no reconoce límites ni sentimientos reales. Para un dictador como Trujillo, cada emoción debía ser administrada frente a un público. Incluso el dolor de su hijo. Incluso la muerte de un joven como Octavio, que pudo ser un error, una víctima más, o simplemente un estorbo en el engranaje represivo del régimen.
Este episodio revela no solo la crueldad del régimen trujillista, sino también la deshumanización que impone el poder cuando se ejerce de forma personalista y autoritaria. En vez de consolar a su hijo, Trujillo prefirió imponer una narrativa oficial. En vez de buscar justicia, prefirió el montaje.
No hay nada más trágico que convertir el dolor en espectáculo. Y Trujillo, maestro en esa disciplina, ofreció una función más, con su hijo como espectador humillado y con el cadáver de Octavio como telón de fondo.

