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«La batalla del puente y los tanques del pueblo»

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En la memoria viva de la patria, hay voces que no se apagan. Una de ellas es la de Ludovino Fernández, hijo del coronel Fernández Domínguez, quien con firmeza y emoción relató en el programa «Lo Último de la Tarde» un pasaje crucial de la Guerra de Abril de 1965: la batalla en el Puente Duarte.

«Fue allí donde comenzó todo», dijo Ludovino. Mientras el comandante Hernando Ramírez se encontraba enfermo, fue el coronel Francisco Alberto Caamaño quien asumió el liderazgo militar de la insurrección constitucionalista. Y fue en ese punto neurálgico del país, en ese paso de acero y concreto que conecta la capital con el este, donde se escribió uno de los capítulos más simbólicos del conflicto.

Según narró Ludovino, la fuerza contraria el Ejército regular, leal al gobierno de facto intentó penetrar con tanques de guerra. Tres de estos lograron cruzar el puente, creyendo quizá que la superioridad tecnológica les aseguraba el triunfo. Pero no contaban con la determinación de un pueblo que, desde los techos estrechos de Ciudad Nueva, defendía con molotov y granadas una causa justa: el retorno de la Constitución de 1963 y la democracia truncada por el golpe.

Eran calles angostas, donde los tanques no podían ni girar el cañón. El fuego llovía desde arriba. La confusión reinaba. Y, sobre todo, los soldados enemigos enfrentaban un dilema íntimo y brutal: ¿contra quién estaban luchando? ¿Qué los motivaba realmente? No había convicción. No había una causa interna que les diera sentido a la guerra. Muchos, al ver que del otro lado estaban amigos, vecinos, conocidos… simplemente abandonaron los tanques.

Así fue como esos tres tanques fueron capturados por los constitucionalistas esa noche y pasaron a formar parte de la defensa del pueblo. Ludovino recuerda uno de ellos particularmente: tenía pintada la palabra «Pueblo». No eran tanques de un ejército opresor; eran ahora símbolos de la voluntad popular, herramientas del sueño de un país más justo.

Ese relato desnuda una gran verdad: la guerra no se gana solo con fusiles ni con blindados. Se gana con convicción, con propósito, con la certeza moral de estar del lado correcto de la historia. El pueblo dominicano, en 1965, no peleaba solo por un presidente o una constitución. Peleaba por su dignidad, por su derecho a decidir su futuro. Y esa noche, en ese puente, con tanques abandonados por soldados sin causa, se demostró que la fuerza de la conciencia supera a la del acero.

Ludovino Fernández no solo revive un episodio militar; revive el espíritu de una generación. Nos recuerda que hay momentos en los que la historia se decide no en los grandes salones, sino en las esquinas del barrio, sobre los techos, con las manos llenas de piedras, sueños y coraje.

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