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La soga del silencio

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Cada vez que el hermano odfelo José del Carmen Villanueva viene a visitarme, cumplimos con un viejo acuerdo entre amigos: él cuenta una anécdota, una historia del pasado, y yo escucho con atención reverente, como quien abre las ventanas del alma para que entre la historia viva. En esta ocasión, su relato nos trasladó a los días oscuros de la dictadura del Generalísimo, como llamaban entonces a Trujillo, cuando el miedo era ley y el abuso, costumbre.

Villanueva nos habló de un compadre suyo, Alejandro Richarson, oriundo de San Cristóbal. Una noche, envalentonado por la bebida y la dignidad herida, se negó al arresto de unos guardias nacionales. El desacato le costó un año de cárcel. Pero no fue una celda lo que encontró.

Fue trasladado a una finca de un general, donde los presos trabajaban como bestias en la cosecha de cabulla, esa fibra que se usaba para fabricar sogas. Irónicamente, fue una soga la que usaron para dar el mensaje de terror: ahorcaron a un hombre delante de todos, como advertencia brutal para cualquiera que intentara fugarse.

«Aquí se cosecha soga, pero también se cultiva el miedo», podría haber sido el lema de aquel lugar donde el trabajo forzado se disfrazaba de justicia.

Lola, la madre de Alejandro, era una mujer de carácter y conocida del régimen. Se armó de valor y fue directamente al despacho del mismísimo Jefe a pedir la libertad de su hijo.

Dicen que Trujillo, en uno de sus arranques de benevolencia calculada, concedió la libertad. Pero cuando Alejandro recibió el papel de excarcelación, el oficial a cargo le soltó una advertencia fría como la muerte:

«Si quiere permanecer con vida, no diga nada de lo que vio en esta finca.»

Esa frase fue más que una amenaza. Fue una sentencia perpetua de silencio. Alejandro salió, sí, pero nunca volvió a ser el mismo. Porque hay cárceles que no necesitan barrotes: basta con el miedo, con el recuerdo del hombre colgado como advertencia, con la voz que se traga las palabras para no despertar el monstruo dormido.

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