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Después de la guerra: el pacto que frustró la esperanza

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Después de los cruentos días de la Guerra de Abril de 1965, el pueblo dominicano esperaba justicia, reconstrucción y autodeterminación. Sin embargo, lo que vino fue una intervención militar extranjera dirigida por tropas norteamericanas que no solo violentó la soberanía nacional, sino que impuso condiciones políticas ajenas a la voluntad popular.

Aquel momento, decisivo para la historia republicana, no fue sellado con la dignidad de un acuerdo entre hermanos, sino con un documento frío y ajeno: el llamado Acta Institucional, un pacto político que dejó a muchos con más preguntas que respuestas. Un arreglo de intereses más que de principios. En vez de abrir el camino a una democracia auténtica, pareció más bien una ruta hacia la manipulación y el control externo de los destinos del país.

Fue bajo ese marco que Héctor García Godoy asumió la presidencia provisional. Su llegada al poder no fue el resultado de una elección popular ni de un consenso nacional, sino de un acuerdo impuesto por los interventores con la venia de ciertos sectores internos que prefirieron la sumisión a la dignidad.

Muchos, con razón, opinan que quien debió encabezar ese proceso fue Antonio Guzmán Fernández, un político moderado y comprometido con la institucionalidad, capaz de garantizar un proceso electoral justo. Guzmán era una figura que, al contar con credibilidad ante amplios sectores nacionales, habría podido conducir al país a elecciones realmente libres y soberanas. Pero las fuerzas que manejaban los hilos del poder desde Washington y desde los pasillos de la oligarquía criolla tenían otros planes.

Así se organizaron las elecciones generales de 1966, bajo la presencia ominosa de tropas extranjeras que patrullaban nuestras calles, simbolizando no solo una intervención militar, sino una profunda herida moral en la conciencia del pueblo dominicano. La democracia que se prometía nacía manchada, vigilada, condicionada.

La historia no debe ser contada con silencios. La Acta Institucional fue, en muchos sentidos, un fracaso ético. Un acto que enterró la posibilidad de una transición verdaderamente nacional, y abrió la puerta a décadas de autoritarismo, represión y simulacro democrático.

No olvidemos que la soberanía no se negocia, ni se delega, ni se arrienda. Y que la paz impuesta por las bayonetas es apenas una tregua sin alma. Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, pero los que la recuerdan con dignidad pueden levantarla como bandera de lucha y redención.

Porque después de la guerra, lo que nos impusieron no fue la paz, sino la desmemoria.

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