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«Cuando el tiempo apretó el pecho de Peña Gómez»

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

A veces, la historia se juega en un suspiro. Y hay hombres cuyo corazón, literal y simbólicamente, sostiene el pulso de un pueblo entero. Uno de esos hombres fue José Francisco Peña Gómez. Y más de una vez, el reloj le puso la vida en jaque.

El primer aviso del destino llegó lejos de casa. En la Ciudad de Panamá, donde lo había llevado su lucha incansable por la libertad y la justicia social, Peña sufrió uno de sus primeros infartos. Pero no estaba solo.

Allí, en tierra ajena, se tejió uno de esos gestos que revelan la estatura de un hombre. Los médicos del general Omar Torrijos, sin titubeos ni burocracias, convirtieron la habitación de hotel en un centro médico improvisado. Porque entendieron que en ese cuerpo debilitado latía la esperanza de un pueblo.

Pero el drama mayor aún estaba por escribirse. De regreso en República Dominicana, en un escenario tan cotidiano como humano una barbería, donde solía recortarse el cabello, el cuerpo de Peña volvió a traicionarlo. Cayó. Se desmayó. Y allí, el tiempo volvió a correr como un cuchillo.

Fue entonces cuando emergió un héroe que pocos recuerdan, pero cuya decisión marcó la diferencia entre la vida y la muerte: Juan José Encarnación. No llamó al Palacio. No pidió permiso. No consultó con nadie. Cargó con Peña y lo llevó directamente a la clínica. Sabía cómo lo saben los que sienten más que razonan que los minutos se estaban escurriendo como agua entre los dedos.

El doctor Pedro Taveras fue claro, casi brutal en su diagnóstico: quince minutos más, y Peña Gómez no habría sobrevivido. Quince. Un cuarto de hora que pudo cambiar la historia política dominicana para siempre.

Y sin embargo, la gratitud no vino de inmediato. El entonces presidente Salvador Jorge Blanco, en vez de aplaudir el gesto que le salvó la vida a un coloso de la política, se molestó. Se enfadó porque Juan José no lo informó a tiempo. Como si la vida de Peña debiera esperar al protocolo presidencial.

Este episodio real, crudo y revelador nos obliga a mirar hacia esos momentos donde el poder se eclipsa ante la humanidad. Nos recuerda que hay hombres que no salvan con discursos, sino con acciones. Que no consultan relojes, sino corazones.

Peña Gómez sobrevivió aquel día. Sobrevivió para seguir siendo el faro de miles. Pero fue porque alguien, en silencio y sin esperar aplausos, se atrevió a desafiar el reloj y la burocracia para salvar al líder. Y esa historia, por pequeña que parezca en los libros oficiales, es una de las más grandes jamás contadas.

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