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Un relato que sigue incomodando

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Me hago estas preguntas con la mirada puesta en la historia y con la honestidad que exige el dolor de los pueblos que desaparecieron:

¿Fue tan terrible el trato si incluso hubo mestizaje, nacieron hijos entre colonos e indígenas, y se forjó una cultura que hoy sentimos nuestra?

Pero cuando uno se asoma a los números y a los silencios que guardan las crónicas, las respuestas son más duras que cualquier justificación romántica.

Un grupo humano que, según los cronistas, era mayormente pacífico y hospitalario, y que en apenas 178 años pasó de existir a convertirse en polvo de historia.

No hablamos de unas cuantas familias ni de un grupo marginal: hablamos de entre 100 mil y un millón de personas que habitaban estas islas antes de 1492.

Para 1514, solo quedaban unos 32.000 taínos; en 1565 apenas 200.

En 1802, las autoridades coloniales los declaraban oficialmente extintos.

¿Desaparecieron «mágicamente»?

No. Desaparecieron por la suma brutal de las enfermedades traídas de Europa, el trabajo forzado en las encomiendas, los castigos ejemplares, la destrucción de su sistema de vida y las matanzas que siempre acompañan toda conquista.

Sí, hubo mestizaje. Hubo colonos que tuvieron hijos con mujeres indígenas. Pero esos hijos no salvaron a un pueblo de su extinción biológica ni cultural.

Tampoco podemos confundir el mestizaje con respeto: muchas de esas uniones nacieron de la desigualdad más absoluta, del abuso y del dominio militar y religioso.

¿Fue solo el Imperio español?

No. Otros imperios coloniales también cometieron crímenes atroces en América, África y Asia. Pero negar el genocidio que aquí ocurrió, minimizarlo o edulcorarlo, es faltar a la memoria de esos pueblos que fueron borrados.

La historia de América Latina no empieza en 1492, ni en las carabelas de Colón. Empieza en miles de años de civilizaciones indígenas que construyeron formas propias de organización, de arte y de espiritualidad, y que fueron reducidas a la nada en menos de dos siglos.

Esa es la verdad incómoda:

El imperio español, como todo imperio, no vino a traer solo fe y cultura; vino a buscar oro, a imponer su dominio y a hacerlo a cualquier costo.

Y aunque hoy llevemos en nuestra sangre parte de ese mestizaje, eso no borra que bajo sus estandartes desaparecieron pueblos enteros.

Reconocerlo no es odiar nuestro pasado; es entenderlo y, sobre todo, no repetir nunca más la indiferencia ante la destrucción de un pueblo.

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