«Cuando el poder se sube a la cabeza”
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Juan José lo advirtió antes de que el panorama se aclarara. En su libro “Soldado de la Democracia” dejó plasmado un vaticinio que, en su momento, pareció osado: que Luis Abinader ganaría las primarias del PRM con un 80% frente al 20% de su más cercano competidor, y que luego vencería en las elecciones generales con un 53% de los votos emitidos. No se trató de un capricho ni de una apuesta al azar. Fue el resultado de observar con claridad el deterioro moral y político de quienes, desde el poder, creían tenerlo todo bajo control.
Esa predicción está documentada y puede ser consultada en nuestras redes sociales. Pero no se trató solo de números: se trató de advertir que cuando una organización política pierde el vínculo con su base, cuando su liderazgo se aísla en una burbuja de privilegios, cuando las decisiones responden más a intereses personales que al bien común, el pueblo tarde o temprano reacciona.
El PLD es el ejemplo más reciente y dramático de ese proceso. Pasaron de tenerlo todo a perderlo casi todo. ¿Por qué? Porque los dirigentes que una vez prometieron “un nuevo camino” terminaron convertidos en cómplices de negocios oscuros, tramas de corrupción y una arrogancia institucional que no dejaba espacio para la crítica ni la autocrítica. Se convirtieron en una maquinaria cerrada, sorda ante el clamor popular, y ciega ante las señales de su propia descomposición interna.
Danilo Medina y Leonel Fernández, líderes históricos de ese partido, nunca imaginaron que el PLD podría vivir lo que vivió el PRD en 1986, cuando Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez dividieron a ese partido hasta hacerlo colapsar. Pero la historia, tozuda y repetitiva, no perdona. El PLD no solo fue derrotado; fue moralmente repudiado por un pueblo cansado de la impunidad, del desprecio institucional y de las promesas vacías.
Y aquí viene la advertencia necesaria: el PRM debe verse en ese mismo espejo. Debe observar con detenimiento cómo el poder puede convertirse en una trampa, en una droga peligrosa que nubla el juicio y envenena la voluntad política.
Hoy el PRM gobierna con mayoría, controla instituciones clave, tiene figuras populares y liderazgos frescos… pero también está comenzando a mostrar signos preocupantes: improvisaciones en las decisiones públicas, centralización de poder, manipulación de concursos, exclusión de dirigentes valiosos, cancelaciones políticas y una creciente desconexión con la ciudadanía que le dio el triunfo.
El pueblo no es tonto, ni tiene mala memoria. El mismo pueblo que aclamó a Luis Abinader en 2020 podría darle la espalda si siente que se repite el guion del PLD. Porque el pueblo dominicano ha madurado políticamente, ya no vota por gratitud ni se deja engañar por slogans vacíos. Hoy exige rendición de cuentas, transparencia, coherencia, y respeto al mandato popular.
No se trata de gobernar bien “para ganar otra vez”. Se trata de gobernar bien porque es lo correcto. El PRM no tiene que hacer magia, solo debe recordar por qué llegó al poder y qué juró cambiar. Debe fortalecer la institucionalidad, proteger a los servidores públicos honestos, castigar a los corruptos aunque sean de su propio partido y priorizar a los ciudadanos, no a los contratistas ni a los “compañeritos” privilegiados.
Quienes desde el poder creen que pueden perpetuarse sin consecuencias, olvidan que la democracia dominicana ha castigado a todos los que se creen dueños del Estado. Hoy el PRM está en el timón. Pero el mismo viento que lo empujó hacia la victoria puede arrastrarlo si traiciona su razón de ser. Como bien dijo Juan José: «el poder no se hereda ni se impone, se gana con el respeto del pueblo… y se pierde en el momento en que se traicionan sus esperanzas».

