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“¡Qué barbaridad!: tergiversar la historia militar dominicana”

 

Por Redacción SDE digital

SANTO DOMINGO, RD.-

¡Cómo cambian los tiempos! Lo que ayer fue orgullo nacional, hoy se quiere ocultar, tergiversar y hasta borrar de la memoria colectiva. La historia de nuestras Fuerzas Armadas, con todos sus aciertos y errores, no puede ser manipulada al antojo de quienes pretenden construir un relato más cómodo. El pasado debe ser contado con la verdad, aunque duela, aunque incomode.

Hace más de setenta años nuestras Fuerzas Armadas eran autosuficientes en lo textil y en la producción de calzados. Había talleres propios, fábricas que garantizaban no solo el uniforme del soldado, sino también la independencia en ese renglón. Hoy, cuando se depende de importaciones y licitaciones, parece un recuerdo lejano que alguna vez la autosuficiencia fue posible y real.

No solo en telares y botas se manifestaba esa fortaleza, también existía una fábrica de armas que dotaba de poder real al ejército dominicano. No se trataba de simples exhibiciones o piezas simbólicas, era producción efectiva que servía a la defensa nacional. Hoy, en cambio, la dependencia tecnológica es total y se ha perdido hasta la memoria de aquellos logros.

Había también verdaderos aviones de guerra, que se mantuvieron activos hasta bien entrada la década de 1980. Eran máquinas que imponían respeto y daban confianza a los dominicanos de que su espacio aéreo estaba protegido. En contraste, lo que se exhibe en la actualidad son simples “tucanos”, aviones de entrenamiento que poco representan en términos de poder disuasivo.

Y qué decir de los hospitales militares. Fueron considerados los mejores de la región, con especialistas de primera línea y una organización que brindaba atención digna, no solo a los uniformados, sino en muchos casos también a la población civil. Esa capacidad médica representaba un orgullo que hoy parece desvanecerse entre carencias y olvidos.

La disciplina militar de aquellos tiempos incluía un severo castigo: el traslado de un oficial a la frontera. No era un paseo ni un privilegio, era una medida que significaba sacrificio, aislamiento y rigor. Esa sola disposición muestra la seriedad con la que se manejaba la institución, muy distinta a la comodidad y las concesiones de hoy.

El esfuerzo actual por maquillar la historia busca convencer a las nuevas generaciones de que nunca tuvimos capacidad propia, de que siempre dependimos de otros, de que el presente es mejor que el pasado. Pero la verdad es que hubo una época en que nuestras Fuerzas Armadas tenían una dignidad operativa que hoy resultaría impensable.

No se trata de idealizar ni de ocultar los excesos de regímenes autoritarios que también marcaron ese tiempo. Se trata de reconocer que, en términos institucionales, había fortalezas que con el paso de los años se han desmantelado. Negarlo es un insulto a la memoria de quienes sirvieron con honor bajo esas condiciones.

El olvido, en este caso, no es casual. Conviene a muchos sostener el relato de una historia vacía, sin industria militar, sin autosuficiencia y sin capacidad de respuesta. Porque reconocer lo que se perdió implica aceptar que las generaciones actuales no han sabido preservar ni mejorar lo heredado.

¡Qué barbaridad! Nos quieren vender espejismos mientras desmontan los cimientos de lo que alguna vez fuimos capaces de construir. La historia debe ser contada con todos sus matices, con sus sombras y sus luces. Y la verdad, aunque intente ser ocultada, siempre termina imponiéndose sobre el silencio cómplice de quienes buscan borrarla.

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