(II de XX) Los orígenes de Arlette Altagracia Fernández Saba
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
En las noches, bajo la luz tenue de un candil, repasaba las lecciones aprendidas en la escuela, consciente de que el estudio era la llave hacia horizontes más amplios. Arlette siempre mostró inclinación por el conocimiento. No se conformaba con memorizar; quería entender, preguntar, cuestionar. Esa inquietud la distinguía de otras niñas de su tiempo, en un país donde la educación de la mujer solía reducirse a preparar el camino para el matrimonio.
Al iniciar el bachillerato, fue enviada como interna al Colegio Sagrado Corazón de Jesús, en Santiago de los Caballeros. Ese internado, administrado por monjas españolas, representó un cambio radical para la joven Arlette. De la libertad de los campos pasó a la rigidez de un colegio donde la disciplina marcaba cada instante de la jornada.
Aunque Arlette vivía en el tranquilo campo de Senoví, su formación estuvo marcada por la riqueza cultural que heredó de sus padres, quienes eran de ascendencia de Nasaret y portadores de una tradición milenaria que valoraba el conocimiento y la sabiduría.
A pesar de la distancia geográfica con los grandes centros intelectuales, ellos se preocuparon por brindarle una educación diferente y profunda, poniéndole en las manos los libros de los clásicos franceses, que en aquel tiempo eran considerados tesoros de pensamiento universal.
Gracias a esas lecturas, Arlette cultivó desde joven una visión amplia del mundo, forjando un espíritu refinado, sensible y crítico, capaz de trascender las limitaciones de su entorno rural y de dialogar con las ideas más elevadas de la cultura occidental. Esa pasión por la lectura se convirtió en una de sus mayores riquezas, dotándola de una cultura vastísima que la distinguió siempre en cada espacio donde se desenvolvía.
Sin embargo, Arlette no se amilanó. Su carácter, forjado en la dureza del campo, le permitió adaptarse con serenidad. En el colegio se graduó con honores, dejando entrever una inteligencia precoz y una voluntad firme. Al salir del colegio, el destino la colocaría en un camino inesperado: el matrimonio con Rafael Tomás Fernández Domínguez. Con apenas 18 años, se unió en matrimonio a aquel joven militar que luego se convertiría en una de las figuras más heroicas de la historia dominicana.
Hasta ese momento, nada hacía presagiar que aquella muchacha sencilla y callada sería más tarde una protagonista del proceso democrático nacional. De haber seguido las expectativas de su entorno, Arlette habría sido la típica esposa de campo: madre abnegada, ama de casa dedicada, mujer reservada. Pero la historia, con sus giros dramáticos, le tenía reservado otro destino.
En su corazón empezaban a germinar virtudes que el tiempo revelaría: tenacidad, fortaleza y un inquebrantable sentido de justicia. La joven esposa no lo sabía, pero pronto la vida la colocaría ante pruebas que demandarían de ella todo el temple heredado de su padre y toda la entrega aprendida de su madre. La semilla estaba plantada: Cenoví le había dado raíces firmes, y la vida le presentaría alas para volar en medio de la tormenta.
El matrimonio con Rafael Tomás la sacó de la tranquilidad hogareña y la introdujo en un universo de inquietudes patrióticas y compromisos políticos. Desde ese momento, su existencia estaría marcada por un destino compartido con un hombre que soñaba con una República Dominicana libre, justa y democrática. Pero antes de que la tragedia la golpeara, Arlette vivió días de felicidad plena al lado de su joven esposo, con la ilusión de formar una familia sólida.
Pronto llegaron los hijos, cada uno como una chispa de luz en medio de los tiempos convulsos que se avecinaban. La maternidad fortaleció su carácter, enseñándole que el amor es también sacrificio y resistencia. Los días felices fueron cortos, pero suficientes para que ella comprendiera que su vida no sería nunca común ni corriente. El destino le entregaría, sin pedir permiso, la tarea de convertirse en madre coraje y guardiana de la memoria de un pueblo.
Lo que aprendió en Cenoví sería la savia que la sostendría cuando llegaran las tormentas. El legado de papagüelo y mamá Marta la acompañaría siempre, como un faro invisible en medio de la oscuridad. Así comenzó la historia de Arlette: en el campo humilde, entre plátanos y samanes, donde nacen las raíces más profundas de la dignidad dominicana.

