“Los días felices de La Cana” Jimayaco
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Desde 1965, mi abuela Ercilia Minaya y mi tio Estanislao nos había llevado a vivir en Los Mina Nuevo, Tanní como se le conoce es un hombre bueno y noble que era como un padre para todos nosotros. Era una casa humilde, pero llena de risas, del olor a café recién colado y del eco de las historias que mi abuela contaba cada noche. En esos tiempos, la familia era el centro de todo, y aunque las cosas no eran fáciles, el cariño lo hacía más llevadero.

Cuando llegaban las vacaciones escolares, nos daban tres meses y el corazón nos daba brincos de alegría, porque sabíamos que nos íbamos a La Cana, una comunidad rural en La Vega. Allí vivía nuestra tía Lucía Veras, la matriarca de los hijos de mi abuela. Su casa era grande, de madera y techo de zinc, rodeada de árboles de mango, guayaba y naranja. Desde que poníamos un pie en aquel suelo de tierra colorada, sabíamos que nos esperaban días de trabajo, pero también de aventuras.
La abuela Ercilia, siempre inquieta y trabajadora, no podía quedarse sentada ni un minuto. Apenas llegábamos, se metía en la cocina con las mujeres del campo, ayudando a pelar guandules, encender el fogón o preparar la comida del mediodía. La tía Lucía, con su voz fuerte y su carácter de mando, solía regañarla:
“¡Ercilia, deja eso! Tú estás de visita, no tienes que hacer nada.”
Pero la abuela sonreía y seguía fregando o batiendo el café, como si no oyera nada.

Mientras ellas se ocupaban de los quehaceres, yo salía con mi primo Ramón Romano, mi compañero inseparable. Juntos hacíamos la tarea más común pero también más divertida del campo: buscar charamicos, las leñas secas que servían de combustible para el fogón. Nos metíamos entre los matorrales, con los pies llenos de polvo, y regresábamos cargados como dos mulitos pequeños, riendo y contando chistes por el camino.
Por las tardes, cuando el sol aflojaba su fuerza, nos tocaba llevar las vacas al río para que tomaran agua. Era todo un espectáculo verlas bajar despacio entre los caminos de tierra amarilla. Allí, entre el murmullo del agua y el canto de las aves, nos sentábamos a descansar, mirando cómo el río se llevaba las hojas secas y los días tranquilos de nuestra niñez.

Otra de nuestras tareas era “achicar los becerros”, o sea, apartarlos de sus madres para que al día siguiente se pudiera ordeñar. Aquello parecía un juego, aunque a veces los animales no cooperaban y teníamos que correr detrás de ellos, riendo y gritando. Las manos nos quedaban llenas de polvo y de sudor, pero había en todo eso una felicidad sencilla, de esas que solo se entienden cuando se vive cerca de la tierra.
Así pasaban los días, entre el trabajo, el olor del café, los cuentos de la abuela y las risas de Ramón. Las noches eran mágicas: las luciérnagas alumbraban el patio, el croar de las ranas servía de arrullo y el cielo, despejado y brillante, parecía un manto bordado por los mismos ángeles. En La Cana aprendí que la vida del campo no es fácil, pero enseña valores que no se olvidan: el respeto, la gratitud y el amor por lo sencillo.
Hoy, cuando cierro los ojos, todavía puedo oler la leña ardiendo y escuchar la voz de mi abuela Ercilia llamándonos desde la cocina. “¡Vengan a cenar, muchachos!”, decía con esa ternura que solo tienen las mujeres del campo. Aquellos fueron tiempos felices, días que se quedaron sembrados en mi memoria como semillas que nunca mueren. Y cada vez que pienso en ellos, siento que una parte de mí sigue allá, en La Cana, donde aprendí que la felicidad se esconde en las cosas más simples.

