Un encuentro inesperado que despertó una reflexión sobre la empatía y los sentimientos humanos
Por Juan José Encarnación
SANTO DOMINGO.-
Estando en uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad, mientras esperaba a unos amigos, tuve una experiencia inesperada y profundamente reflexiva. Entre el bullicio y las luces de las tiendas, una joven se me acercó con una sonrisa serena y una mirada llena de curiosidad. Sin conocerme, sin presentaciones previas, me lanzó una pregunta que me desarmó por completo: “¿Te sientes bien y cuáles son tus deseos?”.
Su nombre era Mariel Jáquez, una estudiante de mercadeo que, según me dijo después, acostumbraba a interactuar con las personas para conocer un poco más sobre sus emociones y pensamientos. La espontaneidad de su gesto me conmovió. En un mundo donde la prisa y el egoísmo dominan las relaciones humanas, alguien se detuvo un instante para preguntar por el bienestar de un desconocido.
Ante su interrogante, tomé un momento para pensar antes de responderle. Le dije que mis deseos eran simples, pero profundos: anhelo un mundo lleno de paz y amor, una sociedad más integrada, con menos envidia y más desapego de las cosas materiales. Le expliqué que si cada ser humano cultivara un poco más la empatía y la comprensión, podríamos vivir en un entorno más justo y solidario.
Intrigado, le pregunté qué la había llevado a hacerme esa pregunta tan directa. Mariel sonrió y con voz pausada me dijo algo que quedó grabado en mi memoria: “Simplemente no necesitamos razón para decir lo que sentimos”. Aquellas palabras, cargadas de sinceridad, revelaban una gran verdad: las emociones no siempre buscan lógica, a veces solo desean ser compartidas.
Esa breve conversación transformó un momento común en una reflexión profunda sobre la necesidad de conectar con los demás desde la autenticidad. En tiempos donde las apariencias dominan y el interés personal prevalece, un gesto tan sencillo puede recordarnos que aún hay personas que valoran lo esencial: el sentir y el compartir sin condiciones.
Al despedirnos, agradecí su espontaneidad y quedé con la sensación de que ese encuentro no fue casual. Quizás la vida nos pone frente a ciertos seres para recordarnos que el amor, la bondad y la empatía no requieren grandes discursos, sino pequeños actos que nacen del corazón.

