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“La misa Dominical desde el hogar” Recuerdos de mi madre en su vejez

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO ESTE, RD.-

Cuando mi mamá llegó a una edad avanzada le resultaba cada vez más difícil asistir a la iglesia San Marco en nuestro sector en Los Mina, como acostumbraba durante toda su vida. La distancia, el cansancio y las dolencias propias de los años le impidieron continuar con esa rutina dominical que tanto apreciaba. Con el tiempo, su vínculo con la fe tuvo que adaptarse a las limitaciones físicas que ya no podía ignorar.

Sin embargo, ella nunca dejó de vivir el domingo como un día sagrado. Muy temprano, se arreglaba frente al espejo con una dedicación que solo da la fe profunda: se hacía un peinado especial, un moño español, como le gustaba llamarlo, y después se colocaba su túnica, la prenda que para ella representaba su vestimenta de gala para el Señor. Era su manera de decirse a sí misma que seguía participando, aunque fuera desde casa.

Al aproximarse la hora de la misa, encendía su viejo radio Philips de tubo, un aparato que había sido testigo de décadas de historias familiares. Sintonizaba Radio Santa María, una emisora vegana de nuestro pueblo natal que transmitía la misa dominical a partir de las nueve de la mañana. Aquella transmisión se convirtió en la única manera de seguir conectada con su comunidad de fe sin tener que salir de casa.

Recuerdo que, para facilitarle la tarea, yo le hice una marca con un creyón en la perilla del radio, señalándole el punto exacto donde debía dejar el dial para que ella misma pudiera encontrar la emisora. Pero aun así, la mayoría de las veces no podía cambiar la frecuencia correctamente, especialmente cuando se trataba de la onda corta. Por eso, yo tenía que estar allí, a su lado, asegurándome de que la misa sonara con claridad.

Y aunque debo admitir que escuchar aquella misa por radio se me hacía un tanto tedioso, yo lo hacía por ella, porque sabía cuánto significaba ese momento. Era su vínculo con lo espiritual, su consuelo, su manera de sentir que seguía siendo parte de algo más grande. Y hoy, al recordarlo, entiendo que aquellos domingos no eran rutinarios: eran un acto silencioso de amor, paciencia y devoción compartida.

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