Opinión

La democracia no es un permiso para destruir vidas con mentiras

 

Por Juan José Encarnación

SANTO DOMINGO, RD.-

La democracia no puede convertirse en un libertinaje para los comunicadores ni para quienes ejercen el derecho a opinar. La libertad de expresión es un pilar fundamental de los sistemas democráticos, pero cuando se emplea sin responsabilidad ni criterio, se convierte en un arma dañina que afecta la honra de las personas y debilita la credibilidad de las instituciones. En ese contexto, es necesario recordar que opinar no es lo mismo que difamar, y señalar no es lo mismo que inventar.

En países como Rusia, Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde gobiernan regímenes de corte socialista y autoritario, la libertad de expresión está restringida y controlada por el poder político. El que decide hablar en contra de la narrativa oficial puede sufrir consecuencias graves, desde persecución política hasta encarcelamiento. Son realidades duras que no forman parte de la esencia democrática.

Si declaraciones falsas como las emitidas recientemente por Sergio Carlos se realizaran en naciones como China o Corea del Norte, el desenlace sería trágico y definitivo. En esos lugares, los comunicadores no tienen la protección constitucional que ofrece la democracia. Lo que hoy se dice con ligereza en nuestro país, allá podría costar literalmente la vida. Ese es el contraste que muchas veces no se toma en cuenta.

La libertad conlleva responsabilidad y es ahí donde el ejercicio comunicacional debe elevarse. Las denuncias públicas, para ser consideradas legítimas y respetables, deben estar sustentadas en la verdad, en documentos, en datos y en hechos comprobables. De lo contrario, se convierten en ruido tóxico que degrada el debate social y destruye reputaciones.

Es peligroso permitir que la opinión irresponsable se convierta en norma. Cuando la mentira repetida se transforma en estilo comunicacional, lo que nace es un caos mediático que afecta a la ciudadanía en general y crea desconfianza hacia todos los actores públicos, incluso hacia los periodistas serios. Por eso, la frontera entre libertad y libertinaje debe ser protegida.

Los comunicadores deben entender que su rol social es trascendental. La palabra es un instrumento que orienta o desorienta una nación, que puede construir o destruir. Utilizarla sin fundamento convierte el oficio en una caricatura y en una distorsión dañina para la democracia misma. Los micrófonos deben ser espacios de responsabilidad, no de temeridad.

Por esas razones, se debe insistir en que ninguna denuncia pública puede hacerse sin sustento real. La democracia se fortalece cuando la verdad prevalece, cuando la comunicación se basa en ética y cuando la libertad se ejerce con respeto. Esa es la única manera de evitar que se confunda libertad con libertinaje, y de preservar el sentido moral de la palabra pública.

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