Hilarión Ulises Heureaux “la astucia hecha anécdota”
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Se cuenta que Hilarión Ulises Heureaux, mejor conocido como Lilís, fue un hombre dotado de una inteligencia fría, estratégica y, sobre todo, profundamente calculadora. A lo largo de su vida pública y privada circulan innumerables relatos que describen su sagacidad para salir ileso de las situaciones más comprometedoras. Desde joven, su mente aguda y su habilidad para leer a los demás lo distinguieron en un país donde sobrevivir al juego del poder era, en sí mismo, un arte peligroso.
En una ocasión, cuando todavía era joven, ocurrió un suceso que marcaría la manera en que muchos empezarían a ver su capacidad para manipular las circunstancias a su favor. Apareció en su hogar el cuerpo sin vida de un hombre que presentaba un balazo en la sien izquierda. Para cualquiera, aquello parecía un evidente suicidio; sin embargo, había un detalle clave: el fallecido no era zurdo. Esa sola observación encendió la alarma en el juez de instrucción, que llegó a la casa para investigar.
El juez, convencido de que algo no cuadraba, señaló la contradicción entre la herida mortal y la condición del difunto. Su insistencia apuntaba directamente hacia la responsabilidad de Lilís, quien escuchaba atentamente los planteamientos sin mostrar alteración alguna. Aquella duda formal tenía el potencial de convertirse en un proceso judicial, e incluso en un escándalo que podía comprometer el futuro del joven Ulises Heureaux.
Ante ese cúmulo de sospechas, Lilís decidió actuar con la misma calma que lo caracterizó en tantos episodios posteriores de su vida política. Sacó un grueso fajo de billetes y lo ofreció discretamente al juez, como quien extiende una salida elegante a quien se obstina en complicarse. El funcionario, sorprendido pero tentado, tomó el dinero sin hacer cuestionamientos adicionales.
El detalle memorable de la escena estuvo en el gesto del juez: tomó el soborno con la mano derecha sin vacilar. Este movimiento fue suficiente para que Lilís, con una sonrisa cargada de ironía, pronunciara una frase que quedó grabada como un ejemplo perfecto de su inteligencia punzante.
¿Lo ve usted, señor letrado? Dijo con serenidad. Cada uno se da muerte con la mano que le da la gana.
La insinuación era evidente y al mismo tiempo irrefutable: si el funcionario podía usar la mano que quisiera para cometer un acto moralmente cuestionable, ¿por qué no podría alguien, incluso al suicidarse, usar la mano contraria a la que le correspondía naturalmente?
Esta anécdota refleja no solo la agudeza mental de Lilís, sino también su profunda comprensión del comportamiento humano y del poder que otorga la psicología bien aplicada. En su afirmación había sarcasmo, lógica y advertencia. Con una sola frase desarmó al juzgador, enterró la sospecha, y además dejó claro que él era capaz de convertir una acusación en una burla elegante.
Episodios como este ayudan a explicar por qué Lilís llegó a dominar la vida política dominicana: porque entendía la naturaleza humana y la usaba como la mejor de sus armas.

