La contradicción de la “seriedad”: cuando el discurso choca con las compañías del poder
Por Ronny Velázquez
SANTO DOMINGO, RD.-
A muchos ciudadanos les resulta difícil entender el relato que se ha construido alrededor de la figura del presidente de la República como un “hombre serio”, cuando a su alrededor gravitan personas señaladas públicamente por graves cuestionamientos. Esa contradicción es la que genera dudas, malestar y una profunda desconfianza en amplios sectores de la sociedad que observan la realidad política con ojo crítico.
La lógica popular es sencilla: un hombre verdaderamente serio y honesto cuida su entorno, selecciona con cautela a quienes le acompañan y evita, por principio, rodearse de figuras envueltas en escándalos o conductas reprochables. Por eso, cuando desde el poder se promueve una imagen de pulcritud moral, pero los hechos y las compañías parecen decir otra cosa, el discurso comienza a resquebrajarse.
En cualquier comunidad, incluso en los barrios más humildes, la gente sabe con quién juntarse. Las personas serias suelen caminar con otras personas serias, comparten valores, principios y una forma similar de ver la vida. Esa regla no escrita se cumple en casi todos los ámbitos sociales y profesionales, sin necesidad de grandes teorías.
Los delincuentes, por el contrario, tienden a rodearse de otros delincuentes. No es casualidad: hablan el mismo lenguaje, comparten intereses comunes y se retroalimentan entre sí. El narcotraficante se junta con otros narcos para aprender, expandir y proteger su negocio; el ladrón se asocia con ladrones; cada quien busca su reflejo en el espejo de su propio mundo.
Así ocurre también en las profesiones lícitas. El abogado suele relacionarse con otros abogados, el médico con médicos, el taxista con taxistas. No es discriminación, es afinidad. La gente busca espacios donde se siente comprendida, donde puede compartir experiencias y crecer dentro de su mismo entorno social o profesional.
Por eso, para muchos, el relato oficial no cuadra. Resulta difícil aceptar que un líder presentado como serio y probo esté permanentemente vinculado al menos en la percepción pública a figuras acusadas de prácticas que chocan frontalmente con la ética y la legalidad. Esa incoherencia alimenta el escepticismo ciudadano.
La credibilidad de un gobierno no se construye solo con discursos bien elaborados o campañas de imagen, sino con hechos concretos y con el ejemplo que proyecta desde su círculo más cercano. Cuando ese círculo está bajo sospecha constante, la imagen del líder inevitablemente se ve afectada.
De ahí que muchos entiendan que no se trata de ataques personales, sino de cuestionamientos políticos y morales legítimos. La ciudadanía tiene derecho a preguntar, a dudar y a exigir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la imagen que se vende y la realidad que se percibe.
Seguir repitiendo que todo está bien, mientras se ignoran esas contradicciones, solo profundiza la desconfianza. Para algunos, insistir en que todo es un invento o una exageración es subestimar la inteligencia del pueblo, que observa, compara y saca sus propias conclusiones.
Al final, cada quien decide en qué creer. Pero para muchos dominicanos, solo quienes se niegan a ver las evidencias seguirán aceptando sin cuestionamientos la narrativa de un “hombre serio”, una seriedad que, a juicio de estos críticos, queda en entredicho cuando se compara con las compañías y los vínculos que se exhiben desde el poder.

