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El país sin parqueo: tanta bonanza que ya no cabe ni un carro

 

Por Juan José Encarnación

El pueblo anda de mal humor, pero no por falta de dinero, sino por exceso de gente. La queja nacional del momento no es el precio del arroz ni la gasolina, sino el bendito parqueo. Usted llega a un centro comercial con la esperanza de comprar rápido y termina dando más vueltas que un trompo, preguntándose si el carro se dejó en Santo Domingo Este o en Boca Chica.

La incomodidad es generalizada, porque las bancas están tan sólidas que parecen columnas romanas y los bolsillos, aunque se quejen, andan llenos. La gente compra, compra y vuelve a comprar, como si mañana se acabara el mundo o anunciaran una ley que prohíba gastar. Los negocios no dan abasto, las góndolas se vacían y los empleados ni tiempo tienen de decir “buenos días”.

Los comerciantes, que antes lloraban por falta de clientes, ahora lloran por cansancio. “No hay mercancía, se acabó todo”, dicen, mientras miran con nostalgia el almacén vacío y la fila que no deja de crecer. La economía está tan activa que el problema ya no es vender, sino reponer lo vendido antes de que llegue el próximo cliente con el carrito lleno.

Mientras tanto, el ciudadano común culpa al gobierno con una sonrisa nerviosa. “Esto es culpa de Luis Abinader”, dicen algunos, porque en este país todo lo que pasa, bueno o malo, siempre termina teniendo un responsable oficial. Si no hay parqueo, es culpa del presidente; si hay demasiados compradores, también. Aquí nadie se salva del dedo acusador.

La escena se repite a diario: motores pitando, guachimanes sudando y conductores negociando parqueos como si fueran terrenos en Punta Cana. “Mi hermano, déjeme ese espacio cinco minutos”, se oye decir, mientras el reloj marca media hora sin moverse del mismo sitio.

Paradójicamente, la queja nace de una situación que muchos países envidiarían. Los negocios llenos, el dinero circulando y la gente gastando, aunque proteste. Es una crisis rara, una incomodidad producto de la abundancia, donde el problema no es la escasez, sino el exceso de movimiento.

Así anda el país: incómodo, congestionado y sin parqueo, pero con los comercios abarrotados y las bancas firmes como una roca. Y aunque la gente siga diciendo que todo es culpa de Luis Abinader, lo cierto es que esta escena cómica demuestra que, a veces, hasta el progreso se vuelve un tapón difícil de parquear.

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