Opinión

Periodismo sin sesgos, comparar gobiernos desiguales destruye la objetividad y la credibilidad

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Para ejercer un periodismo apegado a la verdad y con verdadera credibilidad ante la sociedad, es indispensable sostenernos sobre el pilar de la objetividad. El periodista tiene la responsabilidad ética de analizar los hechos con equilibrio, sin dejarse arrastrar por pasiones políticas, intereses personales o comparaciones forzadas que distorsionen la realidad. Solo desde una mirada objetiva se puede informar con honestidad y contribuir a una ciudadanía mejor orientada.

En ese sentido, resulta incorrecto e injusto comparar, en términos de estructura y obras, los seis años de gestión del presidente Luis Abinader con el gobierno de Rafael Leónidas Trujillo, que se extendió por más de tres décadas. Son contextos históricos, políticos y sociales completamente distintos, con tiempos, recursos y realidades incomparables. Pretender medirlos con la misma vara no solo es un error de análisis, sino también una falta de rigor periodístico.

Esta comparación, además de desproporcionada, resulta abismal. Trujillo gobernó con un poder absoluto, sin contrapesos institucionales ni libertades democráticas, mientras que Abinader lo ha hecho en un sistema democrático, con límites constitucionales, fiscalización y respeto a los derechos fundamentales. Ignorar estas diferencias desnaturaliza cualquier intento serio de análisis informativo.

Cuando un periodista afirma que “aquel fue mejor que este” sin contextualizar ni sustentar objetivamente sus argumentos, comienza a perder su condición de comunicador imparcial. En ese momento, el mensaje deja de ser informativo y pasa a ser opinativo o ideológico, lo que debilita la confianza del público y erosiona la credibilidad construida con el tiempo.

La credibilidad es uno de los activos más valiosos del periodismo, pero también uno de los más frágiles. A medida que el comunicador insiste en comparaciones sesgadas o discursos cargados de parcialidad, la audiencia percibe esa inclinación y empieza a cuestionar la veracidad de todo lo que se dice, incluso cuando se trate de datos reales.

Esto no significa que los periodistas deban renunciar a la crítica. Por el contrario, la crítica responsable es una función esencial del periodismo, especialmente frente a cualquier gobierno, ya sea nacional o municipal. Señalar errores, deficiencias y malas prácticas es necesario, siempre que se haga con fundamento, pruebas y equilibrio.

El problema surge cuando la crítica se convierte en un ejercicio de comparación manipulada, donde el sesgo sustituye al análisis. En ese punto, el periodista deja de servir al interés público y comienza a alimentar narrativas que confunden más de lo que esclarecen, afectando su reputación profesional.

Por ello, el periodismo comprometido con la verdad debe evitar el sesgo y las comparaciones injustas, y enfocarse en evaluar cada gestión dentro de su propio contexto histórico y político. Solo así se puede mantener la objetividad, preservar la credibilidad y cumplir con la verdadera misión de informar con responsabilidad y honestidad.

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