Una experiencia personal frente al cáncer desde la filosofía estoica y el cuidado integral de la salud
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Estuve conversando con un amigo muy cercano, Juan José Encarnación, sobre una enfermedad que muchos temen incluso nombrar: el cáncer, una condición que suele asociarse con un viaje sin retorno. En esa conversación sincera, mi amigo confesó que, más allá del miedo natural, la mejor manera de enfrentarla es asumirla con una filosofía estoica, con serenidad, conciencia y firmeza espiritual frente a la vida.
Encarnación nos dijo, no soy médico, no soy científico, no soy oncólogo, no soy farmacéutico ni biólogo; pero como cualquier ser humano, tengo sentido común. Uno lee, escucha y observa, y se da cuenta de que en la medicina muchas cosas todavía están en fase experimental. A veces se investiga un medicamento para un fin específico y termina sirviendo para otro muy distinto, o generando efectos colaterales inesperados. Basta recordar el caso de la Viagra, creada originalmente para problemas circulatorios y convertidos luego en uno de los estimulantes sexuales más conocidos del mundo.

Nuestro amigo continuó diciendo, en mi caso personal, fui diagnosticado con cáncer de próstata. Ante ese panorama, los especialistas me plantearon dos opciones: cirugía o radioterapia. Luego de consultar con varios médicos y sin negar en ningún momento el valor científico de la medicina, llegamos a la conclusión de que no era necesario operarme y que la radioterapia era la mejor alternativa. Así lo hice, completando un total de 44 sesiones.
Después de la radioterapia, los oncólogos y urólogos me recomendaron inyecciones de alto costo cada tres meses y la ingesta diaria de pastillas igualmente costosas. Sin embargo, fui renuente a seguir ese camino. Decidí no hacerlo. Esa decisión incomodó a la doctora oncóloga, quien me advirtió que estaba poniendo en riesgo mi salud. Mi respuesta fue clara y respetuosa: es mi vida, y asumiría con responsabilidad el manejo de mi enfermedad.

Opté por continuar únicamente con la radioterapia y complementar mi proceso con una disciplina estricta basada en alimentos sanos y naturales, medicinas naturales, sueros inmunoácidos, multivitamínicos, Inmunocar Premium, sábila combinada con remolacha, hierro en polvo y limón. A esto sumé ejercicio diario, buena higiene y una alimentación consciente, eliminando derivados de la vaca, dulces, harinas y pastas.
Hoy, después de más de dos años de haber enfrentado esta enfermedad temida por muchos, puedo compartir mi testimonio con hechos concretos. Sin utilizar esas inyecciones ni pastillas destinadas a bajar la testosterona que afectan la potencia y generan otros efectos colaterales, mis análisis más recientes arrojan un PSA de 0.03 y 0.27, niveles equivalentes a los de un niño. Nunca antes había estado tan bajo.

Finalmente nos dijo, he visto amigos con diagnósticos similares que, dominados por el miedo, optaron por todos los tratamientos invasivos disponibles y hoy ya no están en este mundo. No digo que nadie deba dejar de usar medicamentos; cada quien tiene derecho a decidir. Este es únicamente mi testimonio personal. Creo en las vacunas tradicionales me puse las del COVID-19, viruela, sarampión, pero considero que muchas de las terapias experimentales, extremadamente costosas y destinadas a suprimir la testosterona, representan un riesgo serio. Hoy puedo decirlo con firmeza y gratitud: estoy libre de cáncer. Comparto esta experiencia de vida, junto a nuestro amigo Juan José Encarnación, para quienes deseen conocer esta filosofía y reflexionar sobre su propio camino.

