Santiago, la crónica viva de un Cibao que avanza, crece y sorprende al país
Por Juan José Encarnación
SANTIAGO, RD.-
Salí rumbo al Cibao sin grandes expectativas y regresé con la sensación clara de haber sido testigo de algo que está pasando delante de nosotros y a veces no vemos. Visitar la ciudad del primer Santiago de América fue, hermano Roberto Veras, una experiencia que sorprende y obliga a reflexionar. Desde que uno deja atrás Santo Domingo, el camino va contando su propia historia: un país en movimiento, con obras, con inversión y con señales visibles de una alianza activa entre el Estado dominicano y el sector privado.
La autopista Duarte parece hablar. Maquinarias trabajando, tramos intervenidos, un flujo constante que anuncia que Santiago ya no es solo un destino, sino un eje. Antes de entrar del todo, aparecen las grandes obras que hoy identifican a la ciudad: el monorriel y el teleférico, estructuras modernas que no solo conectan puntos, sino que elevan la imagen urbana y anuncian que el Cibao está viviendo su propio tiempo de transformación.

Pero el verdadero asombro llega cuando uno se adentra en la ciudad. Basta pasar uno o dos meses sin visitarla para sentir que ya no se reconoce el camino. Calles asfaltadas en barrios completos, avenidas organizadas y limpias, y una escena poco común: casi no se ve basura. Santiago luce cuidada, viva, con un orden que sorprende incluso al visitante acostumbrado al caos de la capital.
El crecimiento se levanta hacia arriba. Edificios altos, apartamentos modernos y urbanizaciones que brotan por toda la ciudad. Los centros comerciales confirman esa expansión: los mismos supermercados de Santo Domingo están ahí, y Ágora Mall se presenta imponente, con amplios espacios, parqueos cómodos y una dinámica que bien podría competir o superar a la capital.

Cuando cae la noche, Santiago cambia de ritmo pero no pierde brillo. El Monumento a los Héroes de la Restauración, verdadero corazón simbólico del Cibao, se convierte en punto de encuentro. A su alrededor, restaurantes llenos, hoteles de primer nivel como el Hilton, y nuevas construcciones que anuncian más habitaciones, más visitantes y más turismo, tanto nacional como internacional.
Las empresas siguen creciendo y los negocios funcionan. La ciudad no solo construye cemento, también forma gente. Universidades como la Madre y Maestra siguen aportando al país, con más de mil doscientos graduandos en diversas carreras y maestrías, jóvenes que salen a empujar la economía y a sostener el desarrollo que hoy se ve en las calles.

Ese movimiento constante se traduce en inversiones, estabilidad económica y un clima de libertad democrática que fortalece la confianza. La seguridad se siente, y el discurso de que somos un país fuerte encuentra respaldo en lo que se observa. Con relaciones internacionales activas y un gobierno que lleva la bandera dominicana a escenarios globales, la República Dominicana ocupa un lugar cada vez más visible en la geopolítica regional.
Al final, lo que queda es la sensación de paz. Uno recorre las provincias y encuentra progreso, tranquilidad y gente buena, sencilla, que aún conserva la esperanza. La universidad, la Iglesia y la vida comunitaria siguen jugando un papel clave, sembrando amor, empatía y solidaridad. Esa es la crónica real: un país que avanza, que cree en sí mismo y que, paso a paso, va escribiendo una historia de desarrollo con rostro humano.


