Opinión

6 Anillos, 5 Matrimonios y 5 Lecciones de Crecimiento y Amor Propio, Parte II

Creciendo en la República Dominicana, a muchas mujeres se nos enseña desde chiquitas a quedarnos calladas, a obedecer y a “saber cuál es nuestro lugar”. Eso es machismo, así de simple.

Y si tú has estado leyendo mi serie Todo es Posible, ya sabes que yo nunca he sido así. Yo nunca he sido calladita. Nunca he sido obediente a nadie que haya querido decirme cómo vivir mi vida. Yo no nací para aceptar las cosas “porque siempre han sido así”, ni mucho menos para ser sumisa.

Pero ojo, porque el amor, o algo que se parece mucho al amor, puede llegar a lugares donde el poder nunca pudo. El amor malentendido puede hacerte sentir culpable, puede manipularte, puede lograr que hasta la mujer más segura de sí misma se sienta chiquita, no merecedora de felicidad y llena de vergüenza.

Mi tercer matrimonio es un ejemplo clarito de eso. Un amor que te levanta en el aire… y después te tira al piso sin avisar.

Así que siéntate conmigo otra vez.
Prepárate un cafecito.
Esto hay que leerlo con calma.

El Tercer Matrimonio: Cuando el Amor se Volvió Vergüenza

Después de terminar con mi amigo el abogado, un hombre de la iglesia empezó a cortejarme. Rubén y yo coincidíamos en la fe, pero fuera de eso éramos bastante diferentes. Él era mayor que yo; no era realmente mi tipo y no compartíamos el mismo círculo social fuera de la iglesia. Aun así, tengo que decir la verdad: era uno de los hombres más amables que había conocido.

Rubén era un adicto en recuperación. Pasó muchos años en la adicción y llevaba como doce años limpio cuando empezó a buscarme. Yo, en cambio, siempre he sido una mujer social. Me gustan una copita de vino, una buena conversación, compartir con la gente. Rubén vivía la vida en extremos, como muchos en recuperación. Nada de alcohol. Nada de drogas. Mientras éramos novios, nunca tuvo problema con que yo bebiera socialmente. El alcohol jamás ha sido un problema para mí.

Cuando me invitó a salir, honestamente, no pensé que eso iba a llegar a ningún lado. Pero insistió y, un día, dije que sí. Era amable, diferente, estable. Y me acuerdo de que pensé: Quizás esto es lo que yo necesito después de JC.

Duramos casi dos años como novios. Me pidió matrimonio al año y medio de empezar a cortejarme.

Durante el noviazgo, me trataba como a una reina. Éramos inseparables. Cariñosos. Atentos. Todos los domingos pasaba por mí y nos íbamos juntos a la iglesia. Compartíamos con su familia y la mía, y a todo el mundo le caía bien. Pero lo más importante para mí era que respetara a mis hijos.

Jean Carlos tenía diez años.
Chris tenía diecisiete.

Como madre soltera, eso era todo para mí.

La Verdadera Cara

En agosto de 2011 nos casamos. Fue una boda grande, hermosa, elegante, con más de 300 personas. Yo estaba feliz, llena de ilusión. De verdad creía que por fin había encontrado a un hombre amoroso, estable, familiar y cristiano. Poco después nos fuimos de luna de miel y la pasamos de forma espectacular.

Pero apenas una semana después, de camino del aeropuerto a la casa, me miró y me dijo:

“Tú te crees una princesa. Como que, dondequiera que tú llegues, hay que tirarte una alfombra roja.”

Me quedé fría.

¿Ese era el hombre con el que acababa de casarme?

Esa noche siguieron los comentarios hirientes. Lloré todo el camino a casa. Ore en la cama, tratando de entender cómo el hombre que había sido tan dulce mientras éramos novios ahora se sentía tan cruel, tan ajeno.

Y no fue solo esa noche.

Pasaron seis meses y yo seguía en shock, viendo cómo sus verdaderos colores salían cada vez más. Ese no era el hombre con quien yo pensaba que me había casado. Ese no era el amor que yo creía haber elegido.

Lección #3: La vergüenza no tiene espacio en el amor. Donde hay vergüenza, lo que hay es control.

Nunca Avergüences a una Madre

Mientras leía el libro Pensé que era sólo yo (pero no lo es) de Brené Brown, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Ella habla de la vergüenza desde la psicología, pero yo no estaba leyendo teoría. Yo estaba recordando.

Recordando toda la vergüenza que mi exesposo me hizo sentir por ser madre.

Criticaba constantemente cómo criaba a mis hijos. Me decía que yo era una mala madre.Que no era suficiente. La misma madre que no dormía, que trabajaba varios trabajos y que se esforzó tanto en la escuela de derecho para darles a sus hijos lo mejor que pudiera.

Cuestionaba mi forma de criar, aun cuando él nunca había sido realmente padre.

Sí, tenía una hija. Pero la adicción lo arrancó de su niñez. Su madre la crió sola. Rubén llegó a la vida de su hija cuando ella ya era adulta.

Y aun así, se sentía con derecho a juzgarme.

No hay nada más doloroso que avergonzar a una madre. Y peor todavía cuando viene de alguien que nunca ha asumido esa responsabilidad. Eso no solo duele; eso humilla.

En ese momento yo estaba criando a dos varones adolescentes. Y cualquiera que haya criado varones sabe que uno tiene que escoger bien las batallas. Pelear todo el día por luces encendidas o por la nevera mal cerrada no vale la pena si pierdes la paz. La maternidad te enseña que hay luchas que no se ganan.

Pero nada de eso importaba. Él no escuchaba. Y poco a poco, la paz que yo sentía en mi casa se convirtió en un campo minado.

He criticized my parenting constantly and often told me I was a bad mother. An inadequate mother. Yes, the same mother who never slept, worked multiple jobs, and put herself through law school to give her boys the best opportunities possible.

He questioned how I raised my children, even though he had never truly been a parent.

Yes, he had a daughter. But addiction had taken him out of her childhood. Her mother raised her alone. Ruben entered her life when she was already an adult.

And yet, he stood in judgment over me.

There is nothing more painful than being shamed as a mother, especially by someone who has never carried that responsibility. It was deeply hurtful and insulting.

At that time, I was raising two teenage boys. And if you know anything about teenage boys, you know you must choose your battles wisely. Constant fights over leaving lights on or the refrigerator door not being closed all the way are not worth losing your peace of mind. Parenthood teaches you that some battles are unwinnable.

But no matter what I said, my words were not heard. The peace I once felt in my home slowly turned into a war zone.

Fe, Juicio y Control

Hay un momento que todavía vive en mi cuerpo.

Estábamos celebrando el aniversario de mi amiga Wendy. Había música, risas, alegría. Ella tenía una escultura divertida en la que uno servía un trago y bebía por la parte de abajo. Wendy y yo lo hicimos muertas de risa. Mi hijo y su sobrino, ambos adolescentes, estaban cerca.

Más tarde, en la casa, vino el juicio.

¿Cómo yo hacía eso delante de mi hijo?
¿Cómo yo me llamaba cristiana, mujer de Dios, y me comportaba así?

Me sentí observada.
Juzgada.
Culpable.

Eso no era amor.

Elegirme a Mí

“Yo no podía superar cuánto engañada me sentía por esta persona.”

Para noviembre de 2012 ya yo sabía que no podía seguir ahí. Después de una gran discusión, le dije que tenía que irse. Vivíamos en mi casa mientras la de él fue rentada después de casarnos. Después de la discusión, él se quedó en el sótano.  Mientras mi mamá, de visita desde la República Dominicana, por las fiestas de celebración, llegaba a nuestra casa, él volvió a mi habitación como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien.

Yo me tragué ese silencio para proteger a mi mamá.

Cuando ella se fue en enero de 2013, viajé a la República Dominicana con 3 de mis amigas. Ese viaje me abrió los ojos. Pensé, reflexioné, me escuché. Pensé en quién yo era, en qué quería y en lo que ya no estaba dispuesta a aguantar.

Cuando regresé, le pedí el divorcio.

Después me pidió perdón muchas veces. Me dijo que había sido emocionalmente inmaduro, que no supo ser el esposo que yo necesitaba. Pero ya era muy tarde. Mi confianza se había ido. Yo lo veía como alguien que necesitaba aplastarme para sentirse bien consigo mismo.

Y nunca pude superar lo engañada que me sentí por él. Lo bien que se vendió como alguien que no era mientras éramos novios.

Después del Divorcio: Paz de la Buena

Aunque el matrimonio terminó, mantuvimos el respeto. Seguimos yendo a la misma iglesia. Nos tratábamos como hermanos en la fe. Yo no guardo rencores. Él terminó de escribir su historia de adicción y recuperación, y más adelante se retiró y ahora vive en Puerto Rico.

Después de Rubén, no estaba segura de querer casarme otra vez. Y está bien. Elegí estar sola.

Leí mucho.
Aprendí a tejer.
Viajé.
Pasé tiempo sola en Las Terrenas, tranquila, en paz, disfrutando de mi propia compañía.

Ese tiempo me enseñó algo sagrado.

Nunca fui demasiado.
Nunca fui mala madre.
Nunca fui el problema.

Fui y sigo siendo una mujer que se negó a vivir avergonzada. Una mujer que decidió amarse por completo. Una mujer ruidosa, con opiniones firmes, intensa y muy apasionada. Exactamente como siempre he sido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *