Opinión

“No es posible soportar más”

Por FELIX CORDERO PERAZA

Se calcula que un buen porcentaje de la población deambula harapienta, enferma y con hambre por las calles y sitios públicos demandando misericordia y solidaridad

La población siente como el país cae lento e inexorable en la pobreza total y hambruna colectiva. No obstante, la gente guerrea hoy por una vida digna y de calidad; tratando de parar el desplome; ya cerca del despeñadero. Frente a la infausta realidad socioeconómica, brega por mantener la normalidad hasta donde puede.

Se afana sin descanso minuto a minuto por una vida mejor y por la resolución de sus conflictos. Sin embargo, la crisis es perversa y cada vez es más cuesta arriba superar restricciones. No hay trabajo bien remunerado. Los ingresos no alcanzan para cubrir la canasta esencial de alimentos y medicinas. Muchas familias reducen a dos las comidas diarias.

Los granos, especialmente lentejas, pastas, arroz y harinas llenan los platos para más del 60%. La hiperinflación devora al bolívar y los menguados salarios vuelan ineficaces. Se achican los estándares de desarrollo humano e ingresamos en un atajo saturado de resbalones e infortunios.

Hegemonía y cataclismo psicológico
La política hegemónica del infausto gobierno de Maduro ha generado un proceso indetenible de empobrecimiento general y un cataclismo psicológico en la mente aturdida y enmarañada del venezolano. Quien observa, sin poder hacer nada, una carrera definida de pauperismo de la economía, dirigida desde las alturas del poder, que busca nivelar los estatus socioeconómicos hacia la parte más ancha de la pirámide, manteniendo estrechos márgenes en las clases A y B.
Diáfana estrategia para hacer dependiente a estas poblaciones pobres y semipobres, de los programas y misiones del gobierno. Como si fuera poco la mezquina situación económica, los servicios públicos han reducido su cobertura en un 60%. Se estima, a ojos de buen cubero, que la gente pasa medio día de cada día, en colas y largas esperas para abastecerse de electricidad, gas, agua, gasolina, comunicaciones y comida. Mientras, los servicios desbastados de salud carecen de medicinas, atención profesional oportuna, equipos y hospitalización. Se calcula, que un buen porcentaje de la población deambula harapienta, enferma y con hambre por las calles y sitios públicos demandando misericordia y solidaridad.
Aparato productivo paralizado
Se mueren los niños y adultos en los hospitales por falta de medicinas y tratamiento oportuno. Niños y adolescentes que se duermen en las clases o no van a la escuela por falta de alimentos nutritivos. Más de tres mil venezolanos emigraron hacia otros países en busca de un futuro mejor. Con ellos se fueron, médicos, ingenieros, abogados, gerentes, administradores, contadores y de cuanta profesión imparten en nuestras universidades; a lavar platos, cuidar ancianos, limpiar baños, viviendas, conducir taxis, etc. Las cárceles llenas de dirigentes políticos, a quienes torturan y maltratan, violando sus DDHH. Otros secuestrados, exiliados y refugiados en embajadas.
Un país sin efectivo y una banca que no da crédito. Un aparato productivo paralizado en el 60% de su capacidad y una mano de obra subpagada, que gasta el 50% de su salario en transporte. Según el BCV, una economía que cayó al 47.7%, entre 2013 y 2018. Con una inflación del 282.975%, desde abril del 2018 y abril del 2019. La inflación (enero-mayo) del 2019, ronda los 1.047%. Las ciudades arruinadas, calles destruidas y oscuras.
El corazón lacerado del venezolano
Un país envuelto en una dramática tragedia socioeconómica consternado y decepcionado ante la no clara perspectiva de cambio político. Lo que hace recordar tiempos difíciles del pasado como la Guerra de la Independencia, cuando murieron unas 400 mil personas. Y en la guerra de la Federación que perecieron unos 200 mil. La crisis del presente, hace acordarse de la buena novela de Miguel Otero Silva, “Casas Muertas”. Cuyo explícito parágrafo que cito, recibido de mi amigo Pastor Ramírez Herrera, conmueve por la crudeza con que describe el novelista la desaparición de la población de Ortiz, en el estado Guárico; en los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez. “Yo no vi las casas, ni vi las ruinas.
Yo solo vi las llagas de los hombres. Se están derrumbando como las casas, como el país en el que nacimos. No es posible soportar más”. Parafraseando a Otero Silva: yo no vi la muerte de los niños, en el J. M. de los Ríos, ni a los presos políticos torturándoles. Tampoco el sufrimiento de la madre por el síndrome de la cuna abandonada. Solo vi el corazón lacerado del venezolano…

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