Salud mental
El término que titula esta entrega ha sido muy usado, sobre todo a partir de las consecuencias de la pandemia del Covid-19, en las ocasiones de casos de violencia de todo tipo, acrecentadas en los últimos meses en el mundo, como en nuestro país. ¿Conocerán todas las personas que lo usan e incluso los que padecen enfermedad vinculante el concepto de ese término?
Según la Organización Mundial de la Salud y la Panamericana de la Salud -OMS/OPS la salud mental es “un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades.” Comprende nuestro bienestar emocional, psicológico y social e incide en la forma en que pensamos, sentimos, actuamos y nos relacionamos con las demás personas, es decir, que nos ayuda a tomar decisiones frente a la vida. Lo más importante es que la salud mental es un derecho humano fundamental que debe garantizarse para el desarrollo personal, comunitario y socioeconómico.
En todo el mundo existe una gran prevalencia de trastornos mentales asociados a diversas causales y República Dominicana no escapa a ello. Por eso fue ampliamente aplaudida la decisión del gobierno al declarar la salud mental como una prioridad nacional, en agosto del pasado año, disponiendo diseñar un plan integral. No obstante, después de tal decisión han sucedido casos lamentables, sobre todo con menores de edad a manos de sus propios padres; casos que muestran evidente relación con la falta de salud mental, sin que esto deba asignarse como responsabilidad única a las autoridades porque en el contexto de esta compleja afección de la salud intervienen múltiples factores que van desde lo genético, educativo, social, familiar, económico, cultural, y, político.
En este marco de política pública, el lunes 10 de los corrientes, el gobierno anunció la construcción del Instituto Nacional de Neurociencias y Salud Mental, el incremento de 137 a 500 camas, de 18 a 80 Unidades de Intervención en Crisis Psiquiátricas, lo cual envía un buen mensaje de preocupación y compromiso de Estado con esta creciente enfermedad, que muchas veces resulta incurable porque tiene su origen en la pobreza y pobreza extrema.
De todo esto se derivan interrogantes, propuestas, dudas, esperanza y desesperanza. ¿Se tienen estadísticas de los casos de salud mental en el país? ¿Se dispone de la cantidad de especialistas necesarios para atender la demanda poblacional de consultas? ¿Se tienen habilitadas unidades de psiquiatría aparte de las salas de emergencias general existentes? ¿Se tiene medicamentos necesarios, acceso a éstos y coberturas de aseguradoras para los casos identificados por la ciencia médica? ¿Cómo funcionará el plan a nivel territorial? ¿El diseño del plan integral abarca capacitación de personal técnico de apoyo, educación y acompañamiento a las familias, según complejidad de casos? ¿Cuál será la fuente del presupuesto para este Instituto Nacional?
En fin, se trata de un tema muy importante, preocupante, que ha merecido una decisión gubernamental de igual dimensión, pero requiere de una planificación de largo alcance más allá de la infraestructura y estructura orgánica especializada (recursos humanos) para poder ofrecer y garantizar atención personalizada y colectiva con igualdad y equidad en una sociedad donde los trastornos mentales incrementan por diversas razones y ameritan ser tratados mediante un sistema de salud mental circunscripto al OMS/AIMS (Instrumento de Evaluación de los Sistemas de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud.
Auguramos por el éxito de esta política pública y que su impacto de costo-efectividad de los servicios pueda beneficiar al pueblo dominicano, a la masa expuesta a esta enfermedad directa o indirectamente. Que tenga respuestas positivas mediante indicadores tangibles según registros y estadísticas de casos que permitan evaluar resultados tendientes a mermar la situación existente de salud mental y no que todos terminemos con el mal tras la solución. ¡Enhorabuena!

