Opinión

(3 de 6) La otra humanidad del obispo Francisco Ozoria Acosta

Preliminar

Como la Iglesia católica sigue celebrando el día de las Mercedes, me
gustaría que el obispo Ozoria y todos los jerarcas católicos, le
dijeran a nuestro pueblo, si todavía ellos sostienen que esa virgen se
apareció en el “Santo Cerro”, para defender a los buenos españoles de
los malévolos indios. Hecha esta petición, procedemos con la tercera
parte del ensayo que nos ocupa.

Los miembros de la misión y el padre Christopher enfrentan la muerte

1—Martín, ve manejando el vehículo, que estoy muy cansado. ¡Vamos a
movernos, que tenemos que irnos! —ordenó el sacerdote Christopher a su
chofer—. He tenido un día muy pesado. Parece que se me están agotando
las fuerzas —dijo como si se resignara.

2 – La camioneta doble cabina dirigió su marcha hacia el batey Sabana
Tosa. Un silencio invadía a todos los ocupantes, en el camino. En la
parte de atrás de la camioneta doble cabina iba la mujer, cuyo marido
estaba muy enfermo. Se aferraba a un pequeño bulto que le había
preparado la cocinera para que se llevara la comida que no se pudo
comer. Salieron del pueblo de El Llano y, en pocos minutos, se
internaron en el inmenso cañaveral. Después de un cuarto de hora, por
caminos en pésimas condiciones, con baches y lodazales, divisaron en
la distancia los barrancos miserables donde mal vivían los
trabajadores de la caña. Cuando se acercaron, notaron algo extraño.
Habían colocado una puerta de hierro, hecha con tubos galvanizados, de
tres pulgadas, a doscientos metros de la entrada del batey, y dos
guardacampestres estaban apostados cuidando que nadie cruzara sin su
consentimiento. El padre Christopher frunció el ceño. Estaban llegando
al colmo; ahora habían convertido el batey en una cárcel. Ya no era el
infierno de la miseria atroz, sino que ahora se había convertido en un
campo de concentración, como los viejos tiempos de los nazis alemanes.
Movió la cabeza como si no comprendiera lo que estaba sucediendo.

3—Creo que vamos a tener problemas para entrar —dijo Martín Almonte
(el chofer), —. Han cerrado el batey con una puerta de tubos. Me
habían dicho que iban a poner puertas de tubos para que nosotros no
pudiéramos visitar los bateyes, y están cumpliendo su palabra.

El padre Christopher se sorprendió por el comentario de Martín.
Desconocía que se estuvieran cercando los bateyes. En ese momento el
padre Christopher miró desconfiadamente a su conductor.

—¿Dónde ha escuchado eso, Martín? —cuestionó el sacerdote.

4 – Martín se mantenía mirando directamente al camino y escondía la
mirada del sacerdote, que lo analizaba pormenorizadamente. El vehículo
daba saltos al caer de un bache a un hoyo lleno de agua, pero sin
lodazal. El camino era tortuoso.

—Me lo han dicho el domingo, cuando estuve un rato en el parque del
pueblo. Sus enemigos, padre, parecen que quieren que nosotros no
salgamos de la parroquia, incluso me lo dijeron burlándose de mí,
porque trabajo con usted, padre.

5 – El sacerdote hizo mutis. Continuó observando a los dos
guardacampestres, armados con escopetas, que estaban apostados en el
medio del camino con el portón cerrado. La camioneta seguía saltarina,
de hoyo en hoyo, y ahora entraban un tramo que tenía un lodazal. El
crucifijo, que colgaba del espejo retrovisor, parecía que se iba a
desprender, por los sacudiones del vehículo.

—Creo que no vamos a poder entrar al batey, padre Christopher —comentó
Martín, que reducía la marcha del vehículo hasta casi detenerlo.

6—No te he pedido que detengas el vehículo —dijo el sacerdote con
energía—. Sigue rodando y no te detengas hasta que lleguemos al portón
de tubos. Ellos no son dueños de este país y tienen que dejar entrar a
todas las personas que lo deseen. No pueden impedir el libre tránsito
de las personas. ¡Qué es lo que se han creído! -exclamó con firmeza.

Martín aceleró lentamente el vehículo. Observó que los dos
guardacampestres levantaban sus armas y se colocaban en posición de
combate.

7—Parece que nos van a disparar —dijo Robert, desde la parte de atrás
de la camioneta, al ver la actitud agresiva de los vigilantes. Su
rostro comenzó a transformarse. Un asomo de miedo apareció en su
mirada.

—Esos malditos son capaces de dispararnos, padre. Es mejor que nos
devolvamos. No podemos enfrentarlos con el pecho —dijo Martín entrando
en un estado de turbación.

Christopher lo miró con una mirada que lo fulminaba. Despreciaba que
Martín, en los momentos cruciales, siempre daba la nota de miedo y de
cobardía. Martín seguía con las manos aferradas al volante y con los
ojos fijos en los dos hombres que le impedían el paso. Cuando llegó
hasta el portón detuvo el vehículo.

8 – Un silencio angustiante se produjo en el interior del vehículo.
Ellos sabían que la vida de las personas no valía nada en esos
cañaverales. Conocían de los cementerios clandestinos que tenían los
dueños del ingenio, donde enterraban a los cortadores de caña que se
mataban cuando intentaban escapar de aquel infierno.

—Soy el padre Christopher y vamos para el batey Sabana Tosa —dijo
desde la ventanilla del vehículo—. Vamos a buscar a un enfermo al
batey Sabana Tosa.

-—Enséñeme su permiso para entrar a los bateyes —dijo uno de los
guardacampestres—. Para entrar al batey hay que tener un permiso del
administrador del ingenio. Estas son propiedades privadas que no
pueden ser violadas.

9 – Era un hombre alto y fuerte, de color negro y barriga muy
pronunciada. Su rostro redondo sudaba copiosamente. Mantenía la
escopeta a la ofensiva; dispuesta para disparar en cualquier momento
contra los ocupantes del vehículo. Estaba parado frente al vehículo y
le impedía continuar a menos de ser atropellado. El cañón del arma que
portaba apuntaba hacia el cuerpo del sacerdote, y el otro
guardacampestre apuntaba hacia los demás integrantes de la parroquia.

Cuando Martín observó que el arma le apuntaba hacia él, su color
comenzó a cambiar y el nerviosismo lo invadió.

10—¿Desde cuándo se necesita permiso para entrar a los bateyes?
—cuestionó el sacerdote, que se había desmontado del vehículo al ver
la actitud del vigilante—. Soy un sacerdote y no necesito ningún
permiso para visitar a la feligresía de la parroquia que dirijo.

El guardacampestre no se movía del lugar y seguía con la intención de
disparar contra los recién llegados.

—Desde hace algunos días, el ingenio ha prohibido que se visiten los
bateyes, a menos que tengan un permiso. Usted sólo puede pasar, si me
presenta un permiso firmado por el administrador, y no creo que le
dieran permiso a usted.

El rostro del sacerdote sudaba copiosamente. Sus ojos brillaban de
rabia por el abuso que cometían los vigilantes del ingenio Hermanos
Colón.

11-Yo no tengo permiso, ni necesito permiso para entrar a los bateyes
que corresponden a la parroquia que yo dirijo —dijo enfáticamente—.
Óigame bien, voy a entrar al batey de cualquier manera. Tendrá que
matarme para impedir que yo vaya a buscar a un hombre que está muy
enfermo y que me necesita.

El guardacampestre dio dos pasos adelante y encañonó, dispuesto a disparar.

—No puede entrar. Hágame el favor de retirarse —dijo el fornido negro
que se apostaba frente a la camioneta doble cabina del sacerdote—. Si
da un paso adelante no cuente con vida. No permitiré que entre al
batey Sabana Tosa. Escúcheme bien, no va a entrar —expresó
agresivamente el guardacampestre – .

Martín Almonte (el chofer) estaba sin voz. Sus manos le temblaban a
pesar de estar pegadas al volante. Margaret y Robert se habían
desmontado del vehículo y se colocaron al lado del padre. La mujer del
pañuelo verde permanecía en la parte de atrás del vehículo, sin
hablar.

12 – El ambiente era de suma peligrosidad. El más leve movimiento
hecho por el sacerdote, todos serían acribillados a balazos. La vida
del grupo colgaba de un hilo. Las manos del guardacampestre tenían un
leve temblor, lo que podía provocar la desgracia de una matanza por un
movimiento involuntario.

—Voy a entrar al batey Sabana Tosa y le ordeno que abra la puerta. ¡En
el nombre de Jesucristo resucitado, abra la puerta! -ordenó levantando
la voz—. ¡Soy un sacerdote, y merezco respeto de ustedes! ¡Soy un
mensajero de Dios, y ustedes no se pueden interponer a los designios
del Señor! ¡Les ordeno que nos permitan pasar!

13 – La voz del sacerdote tronaba y se perdía en el cañaveral. El
fornido guardacampestre no se inmutó por la exclamación del sacerdote.
Se mantuvo impertérrito con su arma lista para disparar en contra de
los que habían llegado en la camioneta de la parroquia.

—Le he dicho que no tiene permiso para entrar al batey. Es más, usted
tiene prohibido volver a entrar a cualquiera de los bateyes del
ingenio. No quiero dispararle, padre. Regrese a su iglesia, que es
donde usted tiene que estar rezando —expresaba el guardacampestre en
un tono burlesco mientras seguía apuntando con su arma lista para
disparar en contra del sacerdote.

14 – El otro guardacampestre se mantenía con la escopeta apuntando
hacia los acompañantes de Christopher, mientras protegía el candado
que cerraba la puerta. Los segundos eran de suma peligrosidad y todo
estaba a punto de desencadenarse. Martín cerró los ojos para no ver
cuando le dispararan al sacerdote y a sus compañeros. Sabía que
aquellos guardacampestres eran asesinos profesionales, aunque no
estaban acostumbrados a dispararles a sacerdotes, sino a los pobres
cortadores de caña.

15 —En el batey hay un hombre muy enfermo y he venido con un médico
para salvarle la vida. Si usted quiere disparar, dispáreme, pero no
voy a irme sin llevarme al enfermo que he venido a buscar. Nadie me va
a prohibir a mí que cumpla con mi misión evangelizadora. Le ordeno que
abra la puerta. ¡¡En el nombre de Dios, le ordeno, le imploro, que
abran la puerta!!

16 – Los dos guardacampestres rastrillaron sus armas para disparar en
contra del sacerdote. Sor Margaret cerró los ojos instintivamente:
mientras Robert la abrazó, buscando protegerla. El momento era de suma
peligrosidad. Los dos cañones de las armas apuntaban directamente
hacia el sacerdote que se mantenía erguido y sin dobleces frente a los
dos matones del ingenio. Todos esperaban las detonaciones de las
escopetas de los vigilantes. Parecía que la misión evangelizadora del
padre Christopher, en la parroquia San José de El Llano, terminaría en
un charco de sangre.

17—No puede entrar, padre. No nos obligue a dispararle. Tenemos
órdenes de no dejarlo pasar. Usted no puede entrar a ninguno de los
bateyes del ingenio, le repito. No enfrente a la autoridad. Usted,
padre, no es deseado en estas tierras. Lo mejor que usted hace es irse
de nuestro país y dejamos a los dominicanos vivir tranquilos. Los
dueños del ingenio no lo quieren en sus tierras. Márchese y no vuelva
más por aquí.

18—Si me va a matar, entonces prepárese a matar a un misionero de Dios
—comentó el sacerdote mientras le hacía señas a Robert y a Margaret
para que se acercaran—. Estos hombres nos van a asesinar, por lo que
debemos rezar un padrenuestro antes de morir. Vamos a cruzar a pie
para ir al batey rezando el padrenuestro o ir al encuentro con el
Señor.

19 – Los tres comenzaron a caminar tomados de la mano y rezando el
padrenuestro. Cuando llegaron al paso de la puerta, por el lado de la
cuneta derecha, el forzudo guardacampestre colocó el cañón de la
escopeta en el pecho del padre Christopher.

El sacerdote se detuvo, al sentir el frío del hierro del cañón de la
escopeta en su pecho. Si le disparaba a esa distancia le abriría el
pecho de par en par.

20—Si continúa caminando, voy a disparar, padre —dijo—. Le he dicho
que tengo órdenes precisas de dispararle, si usted no cumple con la
ley del ingenio.

Christopher sintió el temblor que tenía el cañón del arma que tenía
colocado en su pecho. El dedo del vigilante temblaba en el gatillo del
arma. Christopher se detuvo. Lo miró fijamente para mostrarle que no
intimidaba. En ese momento, el sacerdote percibió cierta vacilación en
el vigilante.

21—En nombre de la Santísima Trinidad de Dios, proclamo y te conjuro
de que si nos disparas estarás condenado a quemarte en el infierno.
Vamos a pasar en nombre de Jesucristo resucitado. ¡Baja esa arma, no
le puedes disparar al representante de Dios!

El guardacampestre bajó el arma y el sacerdote, en compañía de Robert
y de sor Margaret, caminó hasta el camino que los conducía a las
miserables viviendas del batey. Robert se devolvió y recogió su
maletín médico. Martín se quedó esperando en el vehículo, y la mujer
del pañuelo verde, cuyo marido estaba enfermo, lo alcanzó a medio
camino. Martín respiró al abrir los ojos y ver que el sacerdote
permanecía con vida.

22—¿Trajiste la medicina? —cuestionó el sacerdote mirando a

Robert.

—Sí, padre —contestó lacónicamente. Su rostro no había regresado a su
color natural. El miedo lo embargaba aún.

Llegaron hasta la vivienda que le indicó la mujer. Era una choza
techada de desechos de latas de aluminio y algunas maderas
desechables. La mujer movió la hoja de zinc que servía de puerta a la
vivienda, y entró. El sacerdote la siguió. En la pequeña choza, apenas
podían caber tres personas paradas. Sobre un miserable camastro. yacía
un hombre negro consumido por la fiebre y el hambre, El padre, a pesar
de haber visto tanta miseria y tanto desprecio por la humanidad de
parte de los dueños del ingenio Hermanos Colon, se estremeció al ver
aquel drama espantoso. Dos lágrimas rodaron por su enrojecido barbudo
rostro. Salió de aquel lugar nauseabundo con una tristeza que le
laceraba el alma. Esa familia vivía en peores condiciones que los
animales del ingenio.

23—Robert, entra a examinar al enfermo —ordenó mientras se movía hasta
un árbol que ofrecía la única sombra que había, en el lugar. Miró la
distancia cubierta por el verde ropaje de la plantación de caña, y
sintió la rabia por aquel estado de cosas. Aquel infierno era
inmensamente grande.

El joven galeno inglés se colocó los guantes en sus manos y la
mascarilla en la boca. Entró a examinar al enfermo con movimientos
lentos y cuidadosos. En muy poco tiempo salió del lugar. Traía el
rostro contraído. Llegó hasta el lugar donde estaba el sacerdote en
compañía de sor Margaret.

24—¿Qué debemos hacer? ¿Tenemos que llevárnoslo al hospital?
—cuestionó el sacerdote—. Hay que preparar una litera para sacarlo de
aquí hasta donde está la camioneta.

Robert frunció el ceño, como si se sintiera derrotado. —No hay   que
hacer nada.   El   señor está muerto —dijo lacónicamente.

En el interior de la choza se escucharon los sollozos de la mujer. El
marido no la había esperado ni siquiera para poderse comer el poco de
comida que le había traído. El padre Christopher entró, de nuevo. a la
choza y rezó por el alma del hombre. Tal vez la muerte era la única
forma de liberarlo de aquel infierno en que había vivido toda su vida.
El buen Dios se lo había llevado para tenerlo a su lado.

Enlaces de los capítulos anteriores de este ensayo

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