(8 de 20) Balaguer la sombra larga de 1966
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Recuerdo aquel año de 1966 como si aún doliera. El país, recién salido de una guerra civil fratricida, respiraba con dificultad bajo las botas del ejército norteamericano. Y entonces llegó el “triunfo” de Joaquín Balaguer, un triunfo que no fue más que una prolongación disfrazada del viejo régimen que decía combatir. No fue una victoria democrática: fue una imposición sostenida por el miedo, por el control extranjero y por las armas.
Las memorias me arrastran hacia 1963, cuando la esperanza tenía nombre y apellido: Juan Bosch. Fue el primer presidente elegido libremente después de la dictadura de Trujillo. Traía consigo un proyecto de nación más justa, más equitativa, más libre. Pero su honestidad y su deseo de transformar un país podrido hasta los tuétanos no eran del gusto de las élites militares ni de los intereses internacionales. Lo derrocaron en apenas siete meses. Y lo que vino después fue aún peor.
Con Balaguer en el poder desde 1966, el país entró en una noche larga de doce años. Un gobierno sostenido no por los votos sino por el terror, donde las bandas armadas, los “calieses”, y los remanentes del trujillismo encontraron nuevo aliento. Las calles se llenaron de miedo. Había una intolerancia brutal hacia la crítica, hacia cualquier forma de oposición. Muchos fueron perseguidos, otros desaparecidos, y no pocos enterrados en el anonimato de la represión.
Lo más triste es que todo estaba podrido. La institucionalidad era un cascarón vacío. El poder judicial era un apéndice del Ejecutivo, la prensa vivía amordazada o autocensurada, y los derechos humanos eran letra muerta. El gobierno se apoyaba en asesinos algunos con uniforme, otros con corbata, mientras la sociedad aprendía a callar para sobrevivir.
Balaguer no gobernó solo con palabras, sino con el puño de hierro envuelto en guante de seda. Detrás de su voz pausada se ocultaba una estructura violenta, un sistema que recicló lo peor de la dictadura de Trujillo y lo maquilló de democracia representativa. En verdad, nunca salimos del todo del trujillismo. Solo mutó de forma.
Hoy, casi seis décadas después, es necesario no olvidar. Porque la democracia no se fortalece escondiendo sus heridas, sino reconociendo sus errores. Y uno de los más graves fue haber permitido que el miedo y la represión fueran las columnas de un gobierno que se vendía como orden y progreso.
La historia no debe escribirse con tinta complaciente. Debe narrarse con coraje y con memoria. Porque mientras haya quienes glorifican ese pasado oscuro, hay que seguir contando la verdad: que en 1966 no ganó la libertad, sino el terror disfrazado de institucionalidad.

