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“La Gran Selva: entre decretos ignorados, codicia encubierta y miedo heredado”

 

Por Juan Veras

SAN CRISTOBAL.-

En lo profundo de la Gran Selva, donde los vientos susurran secretos antiguos entre los árboles centenarios y las hojas guardan memoria de pactos sagrados, ha comenzado a circular una nueva brisa inquietante.

Desde tiempos no tan lejanos, algunos de los antiguos directores de la Gran Selva esos que debían ser guardianes del terreno sagrado habían caído en la tentación de las monedas brillantes, dejando tras de sí huellas de indelicadeza sobre la tierra que juraron proteger.

Fue por esto que, en un intento de frenar la codicia, el León Mudo rey en funciones, temido por su rugido contenido y su silencio ensordecedor decretó que ningún predio sagrado debía venderse.

La selva debía permanecer intacta, con sus linderos firmes como la palabra dada bajo juramento ancestral. Pero como bien sabe cualquier criatura de esta selva, cuando los silencios duran demasiado, otros animales encuentran espacios para moverse con sigilo.

Y así fue como apareció el Zorro de San Cristóbal, astuto y escurridizo, maestro del disimulo y las veredas ocultas. Sin contar con el permiso del director del Distrito Número Uno el vigilante designado para resguardar esa parte de la espesura, el Zorro concretó la venta de un terreno sagrado.

No hubo anuncio, no hubo tambor, ni siquiera una pluma del cuervo para alertar a los moradores de la arboleda. Todo se hizo en silencio, entre sombras y hojas que no hablan.

Según él mismo ha declarado, su intención no fue la ganancia personal, sino evitar que los leones ansiosos y desbordados por la adrenalina del poder vinieran a despilfarrar los frutos de una venta pública. En otras palabras, se presentó como salvador, como quien ensucia las patas para que otros no manchen la selva.

Pero la verdad es que esta venta, como muchas otras que comienzan a conocerse en susurros, tiene su raíz en el trauma colectivo que dejó el Pavo y su pandilla.

Aquel personaje pintoresco, cuya gestión manchó la tierra con prácticas oscuras y transacciones escandalosas, sembró tal miedo entre los animales de la selva, que ahora todos quienes desean dinero hacen las ventas de forma oculta, camufladas entre hojas secas y palabras ambiguas. Nadie quiere ser asociado a las prácticas del Pavo y su pandilla, y sin embargo, todos desean los frutos del árbol del oro.

Por eso hoy, la Gran Selva se mueve entre hipocresías: se decreta una cosa y se ejecuta otra. Se alzan discursos de principios, pero se negocia entre susurros. Los terrenos sagrados, antes símbolo de unidad y futuro, se venden al mejor postor sin que se sepa cuánto costaron, ni quién firmó el trato, ni a qué bolsillo fue a parar la savia de esos árboles milenarios.

Lo más inquietante es que, hasta hoy, ni el director del Distrito Uno ha emitido palabra, ni el León Mudo ha roto su mutismo para rugir en señal de autoridad herida. Pero la selva observa.

Y aunque los leones salientes aún callan, y los elefantes fingen no haber oído, en los matorrales ya se murmura que lo que ha ocurrido no es solo una venta, sino un precedente peligroso.

Porque si cada animal comienza a decidir sobre terrenos sagrados como si fuera propios, pronto la Gran Selva no será más que una colección de parcelas rotas por la codicia. Y todas estas malas prácticas son del ejemplo que dejó el pavo y su pandilla y nadie hiso nada.

Seguiremos informando.

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