NacionalesOpinión

Entre el desprecio humano y la fe vacía: cuando ayudar al necesitado incomoda más que ignorarlo

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Hace varios años, movido por un profundo deseo de cambiar el mundo y tender la mano a quienes más lo necesitaban, me encontré frente a situaciones que marcaron mi forma de ver la sociedad. No eran grandes gestas ni actos heroicos, sino gestos simples, humanos, que sin embargo despertaban reacciones inesperadas en quienes observaban desde la distancia.

Recuerdo una vez, en un comedor de Los Mina, cuando invité a un anciano andrajoso que caminaba sin rumbo fijo. Su apariencia descuidada y su andar cansado parecían invisibles para la mayoría, pero no para mí. Decidí sentarlo a mi lado y compartir una comida digna, como cualquier ser humano merece. Sin embargo, lo que más me impactó no fue su gratitud silenciosa, sino las miradas de desprecio de quienes estaban alrededor.

Aquellas miradas no eran solo hacia él, sino también hacia mí. Como si el simple hecho de acompañarlo me colocara en su misma condición ante los ojos de los demás. Fue un momento revelador: entendí que muchas veces la pobreza no incomoda por lo que es, sino porque nos confronta con lo que no queremos ver.

En otra ocasión, llevé a una joven con problemas de adicción a una iglesia. Su cuerpo estaba marcado por tatuajes y su higiene reflejaba el abandono en el que vivía. Pensé que aquel sería un espacio de acogida, de consuelo, un lugar donde pudiera encontrar algo de paz en medio de su tormenta.

Pero la realidad fue distinta. El sacerdote, visiblemente incómodo por el olor que ella despedía, nos pidió que nos retiráramos. Aquel momento fue duro, no solo por la humillación que pudo haber sentido ella, sino por la contradicción que representaba: un lugar que predica amor y compasión cerrando sus puertas a quien más lo necesitaba.

Esa experiencia me llevó a una reflexión inevitable: ¿qué habría hecho Jesús el Cristo en una situación así? ¿Habría apartado su mirada, rechazado su presencia, o por el contrario, se habría sentado a su lado sin importar su apariencia o condición?

Pienso que la respuesta es clara, aunque a muchos les incomode. Tal vez el verdadero desafío no está en cambiar el mundo con grandes discursos, sino en practicar, en lo cotidiano, ese amor que tanto se predica, pero que pocas veces se vive con autenticidad.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *