El reino de las dobles moral en la Gran Selva
Por Juan Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Lo que está ocurriendo en la Gran Selva no solo es insólito: es una afrenta a la inteligencia de todos los animales que aún creen en los principios que alguna vez nos unieron bajo el árbol de la amistad, el amor y la verdad.
Una selva donde ya no se respetan los códigos, donde las leyes se aplican según el pelaje, el pico o la astucia del animal que las infringe, no es una selva justa. Es una selva en decadencia.
Durante el mandato del Pavo aquel que desplegaba su plumaje con arrogancia mientras fingía representar la nobleza se cometieron actos graves, actos oscuros y vergonzosos que atentaron contra el espíritu mismo de la selva. Uno de los más bochornosos fue la manipulación y posterior venta encubierta del terreno sagrado de Neyba, ese pedazo de tierra que tantos consideraban inviolable.
Las pruebas volaron como aves en el cielo: documentos, testimonios, denuncias. Pero los guardianes del orden, los búhos sabios que se supone velan por la equidad, se quedaron mudos. Cerraron los ojos como si no hubieran visto nada, como si el Pavo tuviera una corona invisible que lo protegiera de cualquier juicio.
La impunidad del Pavo fue absoluta. Ni una sola reunión del consejo de fieras se convocó. Ni una sola sanción. Ni siquiera un rugido de advertencia. El silencio fue el mayor cómplice de aquel desfalco.
Y ahora, como si el destino jugara una broma de mal gusto, nos encontramos con el caso del Zorro de San Cristóbal. Astuto, sí. Estratégico, también. Pero a diferencia del Pavo, el Zorro no actuó en la oscuridad.
Vendió un terreno, es cierto, pero adquirió otro más grande, más útil, con mejores condiciones para el desarrollo de la manada. Y lo hizo sin esconder las patas, sin disfrazar los hechos. ¿Y cuál fue la respuesta de la cúpula de la selva? Ataques, amenazas de sanción, juicios sumarios. Lo quieren destripar como si hubiera traicionado a toda la especie.
¿Dónde está la coherencia? ¿Dónde está el principio de igualdad ante las normas de la selva? ¿O es que ahora hemos caído tan bajo que ya no importan los hechos, sino quién los comete? ¿Quién nos dio permiso para aplicar justicia selectiva, según el clan, la amistad o el pacto de sombra entre especies dominantes?
En esta selva enferma, donde los cocodrilos predican moral con la boca aún ensangrentada, se castiga al que obra con transparencia y se protege al que actúa con deshonestidad, siempre que forme parte del círculo íntimo del poder. Es el reino de las dobles varas. Y lo más triste es que muchos animales se han acostumbrado a esta injusticia, a esta hipocresía institucionalizada, a este juego de máscaras.
Si la Gran Selva no se atreve a mirar sus propias heridas, si no se sacude del lodo de la complicidad, entonces ya no será un lugar sagrado ni respetable. Será solo un ecosistema podrido, gobernado por hienas disfrazadas de leones y búhos que solo abren los ojos cuando les conviene.
El tiempo, como siempre, será el gran juez. Y cuando el viento de la verdad sople con fuerza, más de una pluma caerá al suelo. Seguiremos dando las buenas nuevas caiga quien caiga, la verdad como nuestro eslogan debe ser dicha, aunque duela. Que así sea…-

