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¡Hipocresía política al desnudo! los que ayer difamaban, hoy aplauden sin vergüenza

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO ESTE, RD.-

A lo largo de mis 30 años de ejercicio profesional en la comunicación, primero en Santo Domingo Este y ahora en el Distrito Nacional, he sido testigo directo de múltiples comportamientos dentro del ámbito político que invitan a la reflexión. No hablo desde la teoría, sino desde la experiencia acumulada, desde las vivencias que solo el tiempo y la cercanía con los actores permiten comprender en su verdadera dimensión.

He visto cómo muchos políticos ajustan su discurso dependiendo del momento, de la conveniencia y del interés inmediato. Hoy dicen una cosa, mañana otra, y pasado mañana intentan convencer a la gente de que siempre han sido coherentes. Esa práctica, lamentablemente común, erosiona la confianza de la ciudadanía y debilita el verdadero sentido del ejercicio político.

Dentro de ese recorrido, puedo mencionar a dos hermanos y amigos con quienes tuve el honor de compartir de cerca: Robert Vargas y Juan de los Santos. Dos figuras con estilos distintos, pero con trayectorias que dejaron huellas en la comunicación y la política local. Mi cercanía con ambos me permitió ver no solo su accionar público, sino también su dimensión humana.

Resulta interesante —y a la vez preocupante— observar cómo el trato hacia las personas cambia según las circunstancias. Hubo momentos en que Robert Vargas no era siquiera tomado en cuenta, no lo invitaban a actividades y, peor aún, era menospreciado por algunos sectores que hoy intentan presentarse como sus más fervientes admiradores.

Hoy, sin embargo, ese mismo Robert es calificado como “el mejor” por quienes antes lo ignoraban. Esa transformación repentina en la percepción no responde a un análisis sincero, sino más bien a un acomodo oportunista de quienes buscan alinearse con lo que consideran conveniente en el presente.

Lo mismo ocurre con Juan de los Santos, a quien muchos hoy reconocen como una figura ejemplar. Sin embargo, mientras estuvo en vida, no faltaron las difamaciones, los ataques y las críticas destructivas provenientes de los mismos que hoy lo exaltan sin reservas. Esa doble moral es una de las grandes debilidades de nuestro sistema político.

Es precisamente el paso del tiempo el que permite desenmascarar estas incoherencias. Vivir lo suficiente para ver cómo cambian los discursos y las posturas de ciertos actores es, sin duda, una experiencia reveladora. La memoria colectiva no debería ser tan frágil como algunos creen.

Lo preocupante es que estas actitudes no solo afectan la reputación de figuras individuales, sino que también contribuyen a una cultura política basada en la conveniencia y no en los principios. Se promueve la polarización, se manipulan las percepciones y se pierde de vista el verdadero propósito de hacer política.

Porque hacer política no debería ser un ejercicio de oportunismo ni de manipulación. Debería ser un compromiso con la verdad, con la coherencia y con el respeto a la dignidad de las personas, tanto en vida como después de su partida. La memoria no puede ser selectiva según convenga.

Lo voy a dejar hasta aquí, no por falta de argumentos, sino por respeto. Pero queda claro que el tiempo pone cada cosa en su lugar y que, al final, la historia siempre termina revelando quién actuó con coherencia y quién simplemente se dejó llevar por la conveniencia del momento.

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