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«Ir al supermercado se ha vuelto cosa de ricos»

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Narrado por Doña Rita, una mujer común del pueblo

Mire, mijo, yo no soy economista ni política, pero sí sé lo que cuesta un plátano, un litro de aceite y una libra de arroz. Y le digo con el corazón en la mano: vivir en este país se está poniendo imposible. Lo poquito que uno tenía se lo ha llevado la inflación, como el río se lleva la yuca cuando crece.

Ayer fui al supermercado con quinientos pesos, creyendo que iba a resolver aunque sea para dos días… ¿Y usted sabe qué compré? Un cartón de huevos, una libra de arroz, un pote pequeño de aceite y un paquete de salami. Y gracias que no se me olvidó la funda, porque si no, me la cobran también.

Antes, uno iba al colmado con quinientos pesos y salía con su fundita más o menos armada. Ahora, ni para la comida de un solo día alcanza. La carne, ni se diga. La carne se ha vuelto un artículo de lujo. En mi casa comemos pollo cuando hay visita, y carne de res… bueno, la vemos en la televisión.

Dicen que la economía va bien, que estamos creciendo, que hay estabilidad. ¿Y a mí qué me importa eso si en mi mesa lo que hay es más aire que comida? ¿Para quién es ese crecimiento? Porque para los pobres como yo, lo que hay es deuda, preocupación y barriga vacía.

Yo no quiero lujos, ni viajes, ni carros. Solo quiero poder cocinarle a mis nietos un arroz con habichuelas sin tener que decidir si compro sazón o si compro gas. Porque también el gas está por las nubes, y cuando sube el gas, sube el fogón, pero baja la esperanza.

A veces me siento en la galería a mirar los carros pasar, y me pregunto: ¿será que este país solo es para los que tienen? Porque los que no tenemos, lo que estamos es sobreviviendo.

Esto no puede seguir así. Alguien tiene que escuchar al pueblo. No todo se resuelve con discursos bonitos ni con promesas. Lo que hace falta es que bajen a los barrios, que pregunten en los mercados, que vean con sus propios ojos lo que está pasando. Porque mientras ellos dicen que todo está bien, la olla sigue sonando, pero vacía.

Y le digo algo más, mijo: cuando el pueblo se cansa, habla. Y cuando el pueblo habla y no lo escuchan… entonces grita. Y yo, Doña Rita, estoy gritando. A ver si por fin alguien nos oye.

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