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El legado vivo de Peña Gómez y la victoria del PRD en 1998

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Era mayo de 1998, y el país entero contenía el aliento. El doctor José Francisco Peña Gómez, ese gigante de la palabra y la esperanza, luchaba contra la enfermedad con la misma fuerza con la que había enfrentado a las dictaduras, al racismo, al destierro y al silencio cómplice de quienes pretendían negarles voz a los pobres de esta tierra.

Pero el tiempo se agotaba. Y apenas días antes de las elecciones municipales y congresuales de ese año, la noticia estremeció a la República Dominicana: Peña Gómez había fallecido.

Su partida dejó un vacío inmenso. No solo en su partido, el PRD, sino en el corazón de un pueblo que había encontrado en él a un defensor valiente de la libertad y la justicia social. Muchos pensaron que esa pérdida aplastaría al PRD, que sin Peña su maquinaria política se derrumbaría. Pero ocurrió todo lo contrario: su muerte encendió la llama de millones.

El 16 de mayo, como si la historia se aferrara al legado del líder caído, el PRD logró una de sus victorias más contundentes: ganó en más de 20 provincias y se consolidó como la principal fuerza política del país. No fue solo una victoria electoral. Fue una victoria moral, una muestra clara de que la siembra de Peña había echado raíces profundas en el alma del pueblo.

En cada barrio, en cada campo, en cada comité de base, hubo hombres y mujeres, héroes anónimos, que lo dieron todo. Sin pedir nada a cambio, caminaron calles, colgaron afiches, tocaron puertas, hablaron con vecinos, movidos no por ambiciones personales, sino por un profundo sentido de responsabilidad con la historia que representaban.

A veintisiete años de aquella victoria, es necesario reconocer algo que muchos prefieren callar: si hoy en este país hablamos de democracia, de participación ciudadana, de libertades públicas, de derechos sociales, es en gran medida gracias al camino abierto por el PRD y su líder histórico.

Aunque el PRD ha pasado por transformaciones, divisiones y desafíos, lo cierto es que su huella está ahí, viva y firme. La libertad que respiramos, la justicia social que anhelamos y las instituciones que defendemos hoy, llevan su impronta.

Y por eso, cuando recordamos a Peña Gómez, no estamos recordando solo a un político. Estamos recordando a una causa. Una causa que sigue viva en los corazones de quienes creen que el país merece más igualdad, más transparencia y más dignidad.

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