El mito militar se derrumba, Cuba y Rusia chocan con la cruda realidad frente a la tecnología occidental

Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
A lo largo de los últimos años, Cuba se ha proyectado públicamente como una potencia en materia de inteligencia y tecnología militar, construyendo una narrativa de alta capacidad operativa que ha sido asumida como real por algunos aliados políticos de la región. Esa imagen, repetida en discursos oficiales y en medios afines, buscaba presentar al aparato de seguridad cubano como altamente eficiente, disciplinado y capaz de enfrentar amenazas complejas, incluso frente a potencias mayores.
Dentro de ese contexto, Venezuela habría confiado en ese prestigio atribuido a Cuba, integrando asesoría y esquemas de seguridad inspirados o directamente gestionados por personal cubano. Se ha llegado a afirmar que el propio presidente Nicolás Maduro reforzó su seguridad personal con elementos entrenados bajo ese modelo, convencido de que se trataba de un blindaje efectivo frente a cualquier intento de desestabilización interna o externa.
Sin embargo, ciertos acontecimientos y operaciones fallidas que han circulado en el debate público y mediático han puesto en entredicho esa percepción de invulnerabilidad. Según esas versiones, enfrentamientos desiguales habrían dejado en evidencia una brecha tecnológica y operativa significativa, especialmente cuando esos esquemas se comparan con la capacidad militar real de Estados Unidos, que no solo dispone de recursos superiores, sino de décadas de ventaja en sistemas de inteligencia, vigilancia, drones, guerra electrónica y operaciones especiales.
En esos análisis se destaca que, mientras de un lado se reportan bajas humanas importantes en acciones mal calculadas o sobreestimadas, del otro no se registran pérdidas, lo que refuerza la idea de una asimetría abrumadora. Más allá de la exactitud puntual de cada cifra que se maneje en el debate, el mensaje central es claro: la tecnología militar estadounidense no solo es superior, sino que opera en otra escala de precisión, coordinación y control.
Este contraste ha servido para desmontar el mito de que Cuba pueda competir, en términos reales, con una superpotencia militar. La distancia no sería de pocos años, sino de varias décadas, lo que convierte en riesgoso que otros gobiernos basen su seguridad estratégica en una imagen inflada más por propaganda que por capacidades comprobables en el terreno.
Un paralelismo similar se observa actualmente en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Durante años, Moscú proyectó la idea de poseer uno de los ejércitos más modernos y temibles del mundo; sin embargo, la guerra ha revelado limitaciones serias en logística, coordinación, tecnología y adaptación táctica frente a un adversario más pequeño, pero respaldado por sistemas y doctrinas militares occidentales.
La experiencia rusa en Ucrania ha demostrado que el poder militar ya no se mide solo por el tamaño del ejército o la cantidad de armamento pesado, sino por la integración tecnológica, la inteligencia en tiempo real y la capacidad de adaptación. Drones, satélites, armas de precisión y sistemas de comunicación avanzados han cambiado por completo las reglas del juego, dejando obsoletos muchos esquemas tradicionales.
En conclusión, tanto en el caso de Cuba frente a Estados Unidos como en el de Rusia frente a Ucrania, se repite una misma lección: la propaganda no sustituye a la realidad tecnológica ni operativa. Los conflictos modernos exponen sin maquillaje las verdaderas capacidades de los Estados, y quienes confían ciegamente en narrativas infladas terminan pagando un alto precio cuando esas capacidades son puestas a prueba en el terreno real.

