Si la colonización hubiera sido al revés
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
La mayoría de las personas, por efecto de una historia contada desde el privilegio del colonizador, cree que los españoles llegaron al Nuevo Mundo con la noble misión de “civilizar” a los pueblos indígenas.
Se habla de que trajeron cultura, arquitectura, arte, tradiciones y religión. Pero lo cierto es que vinieron en busca de riqueza, oro, tierras y poder. Vinieron con la espada en una mano y la cruz en la otra, no a enseñar, sino a imponer.
Si hubiese sido al revés, si hubieran sido los taínos quienes cruzaran el océano hacia Europa, quizás habrían enseñado a los europeos a bañarse dos veces al día, o al menos dos veces por semana. Porque sí, nuestros ancestros entendían el valor de la higiene personal y del respeto al cuerpo como parte de su cultura.
La visión eurocentrista niega u olvida que en América existían sociedades avanzadas, con un conocimiento profundo de la naturaleza, las matemáticas, la arquitectura y la organización social.
Basta con mirar hacia los templos mayas, las ciudades incas, las chinampas aztecas o los sistemas de cultivo en terrazas de los andes para entender que aquí había urbanismo, había ingeniería, y había civilización en su máxima expresión.
Los mayas, por ejemplo, regalaron al mundo el concepto del número cero, una herramienta matemática sin la cual la ciencia moderna sería impensable. Desarrollaron un calendario más preciso que el europeo, basado en una astronomía que, aún hoy, sigue sorprendiendo por su exactitud. Mientras en Europa se quemaban mujeres por mirar las estrellas, los mayas cartografiaban el firmamento.
En cuanto a la agricultura, los pueblos originarios cultivaron miles de hectáreas usando técnicas sostenibles, sin arrasar la tierra, respetando los ciclos naturales. Desarrollaron variedades de maíz, papa, cacao, yuca, ají y otros productos que hoy alimentan al mundo entero.
Los indígenas no eran salvajes. Eran sabios. Eran guardianes de un conocimiento que la historia oficial ha querido minimizar o silenciar. Y mientras en las escuelas todavía se repiten discursos coloniales de manera acrítica, las huellas del esplendor indígena siguen de pie.
Siguen vivas en las ruinas, en las leyendas, en las lenguas vivas y en la resistencia de los pueblos originarios que aún exigen justicia y respeto. La verdadera historia no es la que glorifica la cruzada de los conquistadores, sino la que reconoce la grandeza de los conquistados.

