A casi cuatro años de la invasión rusa: la guerra que Putin creyó ganar en siete días y transformó el orden mundial

Por Juan José Encarnación,
SANTO DOMINGO, RD.-
Desde el 24 de febrero de 2022 hasta hoy, han transcurrido 3 años, 10 meses y 8 días desde que el presidente ruso Vladimir Putin ordenó la invasión a gran escala de Ucrania. En aquel momento, el Kremlin estaba convencido de que la operación sería rápida, calculada para no durar más de siete días, y que el gobierno ucraniano se rendiría sin mayor resistencia. En los planes de Moscú, las tropas rusas serían recibidas “con flores”, bajo la creencia de que Ucrania era un Estado fallido, gobernado por una supuesta dictadura, y que su transición democrática carecía de legitimidad ante su población.
Sin embargo, esa narrativa resultó ser una grave subestimación del pueblo ucraniano. Ucrania no solo no colapsó, sino que respondió con una resistencia organizada, patriótica y decidida. Lejos de recibir a los invasores como libertadores, los ucranianos defendieron su soberanía con determinación, demostrando que su sistema democrático, aunque joven y perfectible, estaba profundamente arraigado en la conciencia nacional. Rusia, por su parte, mostró una vez más el rostro de un poder que busca imponer su voluntad por la fuerza, guiado por la nostalgia de un imperialismo ruso que Putin aspira a restaurar.
Uno de los factores centrales del conflicto ha sido el valor estratégico y económico de Ucrania. El país no solo posee vastas riquezas naturales, sino que constituye un corredor clave para el tránsito de gas y petróleo hacia Europa, además de su posición crucial en el mar Negro, especialmente a través del puerto de Odesa. Consciente de ello, Rusia ha intentado destruir sistemáticamente infraestructuras portuarias, energéticas y productivas, buscando ahogar la economía ucraniana y limitar su capacidad de exportación, con la esperanza de quebrar su resistencia desde dentro.
En términos militares, la desproporción inicial parecía favorecer a Moscú. En febrero de 2022, Rusia penetró territorio ucraniano con más de 140,000 soldados, frente a un país de aproximadamente 603,550 km² y 46 millones de habitantes. Ucrania contaba entonces con cerca de 200,000 a 250,000 soldados activos, y con reservistas que elevaron la cifra total a unos 800,000 efectivos. Rusia, en cambio, movilizó progresivamente hasta cientos de miles de soldados adicionales, además de mercenarios y fuerzas auxiliares, lo que hacía pensar en una victoria rápida. Sin embargo, la realidad del campo de batalla desmintió esas proyecciones.
Putin también basó su cálculo en la pasividad internacional, recordando precedentes como la invasión a Chechenia, la anexión de Crimea en 2014 y la intervención en el Donbás, episodios en los que la reacción global fue tibia y sin consecuencias reales. Convencido de que Europa no se atrevería a enfrentarlo por su dependencia del gas y el petróleo rusos, especialmente en medio de los crudos inviernos europeos, el Kremlin creyó que el costo político sería mínimo. Esa lógica parecía sólida, pero esta vez falló.
Lo que Putin no previó fue que Europa despertaría. Tras meses de advertencias e informes de inteligencia que confirmaban la inminente invasión, Ucrania tuvo tiempo de prepararse. Aunque Putin, conocido por su conducta mitómana, negó reiteradamente cualquier intención bélica, finalmente ejecutó su plan. Pero ya los ucranianos habían reforzado su defensa, organizado su población y consolidado alianzas. No provocaron la guerra ni la buscaron; simplemente se prepararon para sobrevivir a ella.
Finalmente, el conflicto reveló una verdad incómoda: la fragilidad del sistema internacional. Mientras Rusia amenaza no solo a Ucrania, sino indirectamente a países como Estonia, Lituania, Polonia, Finlandia y Suecia, queda en evidencia la debilidad de organismos como la ONU, cuya inacción genera profundas dudas sobre su razón de ser. Frente a una guerra de esta magnitud, Europa y la OTAN han tenido que reaccionar por su cuenta, confirmando que el equilibrio global ya no depende de discursos diplomáticos, sino de la capacidad real de defender la democracia, la soberanía y el derecho internacional.

