Crónica de un padre y su primogénito
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Hace cincuenta años, nuestra sociedad era profundamente patriarcal. Las familias, organizadas bajo una estructura rígida de valores heredados, depositaban sus esperanzas y su legado en el primer hijo varón.
En aquel entonces, si una pareja tenía varios hijos, el primero –si era varón– era el llamado a continuar la tradición, a heredar el nombre, el negocio, los bienes y hasta la honra de la familia.
Juan Ramón fue un padre que vivió bajo esa lógica. Cuando nació su primer hijo, Pedro, se sintió completo. Era su orgullo, su prolongación en la tierra. Por eso, lo crió con todas las atenciones que podía darle.
No escatimaba. Lo inscribió en el Instituto Loyola para estudiar agronomía, porque quería que Pedro tuviera una profesión respetada. Si la lista de útiles decía que se necesitaban dos pantalones y dos camisas, Juan Ramón le compraba cuatro. Si se pedían dos pares de zapatos, él mandaba cuatro. Todo lo que el hijo necesitara, y más, se lo daba.
Pero había algo que Pedro no encontraba entre tanta provisión: afecto. Sentía que, aunque tenía todo en lo material, la familia lo había olvidado. No llegaban cartas. No sentía ese calor que trasciende lo físico.
Un día, simplemente abandonó los estudios. Su padre, desconcertado, le preguntó qué quería hacer con su vida, y Pedro le contestó sin vacilación: “Quiero ser chofer de guagua”.
Juan Ramón, aún sin comprender, pero tratando de no negarle lo que deseaba, le compró una guagua. Y en esos andares, entre viajes y pasajeros, Pedro conoció mujeres de la vida alegre. Una de ellas llegó a ocupar un lugar especial para él, y con ella tuvo dos hijos.
Sin embargo, Juan Ramón nunca pudo mirar con orgullo a sus nietos. Se sentía avergonzado. Todo lo que había soñado para su primer hijo se había desmoronado, y con ello se quebró también su ilusión de continuidad.
No era que no amara a su hijo, pero no supo cómo expresarlo más allá del deber y las expectativas. Tampoco comprendía que criar no es moldear a imagen y semejanza, sino acompañar con ternura, escuchar, aceptar, orientar con respeto. Su corazón de padre sufría en silencio, y su rol de abuelo quedó truncado por una vergüenza mal canalizada.
La vida, con sus vueltas y enseñanzas, nos deja una lección profunda: a los hijos hay que criarlos con el mismo amor, sin importar si son hombres o mujeres, primeros o últimos. Las herencias del alma pesan más que las del bolsillo. No se puede imponer un camino ni definir un futuro con base en expectativas que no han sido conversadas.
Amar no es sólo dar, sino también comprender y estar presente. Y educar no es dirigir, sino formar desde la empatía. Ojalá muchos Juan Ramones y muchos Pedros puedan reconciliarse en la vida y no sólo en la memoria. Porque el cariño no se hereda: se cultiva.

