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Crónica del quiebre del PRD y el nacimiento del PRM

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Hay momentos en la historia política de los pueblos en los que las decisiones de unos pocos definen el rumbo de muchos. El caso del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) es uno de esos ejemplos que aún hoy genera debates, pasiones y lamentos.

Durante décadas, el PRD fue más que un partido: era una escuela de formación política, una esperanza viva para las clases populares y una maquinaria electoral capaz de alcanzar el poder y compartirlo con sus aliados.

Basta recordar que en uno de sus últimos impulsos, esa estructura partidaria logró alcanzar un 47% de la preferencia electoral con el respaldo de una alianza que parecía sólida. Era un momento de definición: o se unificaban criterios o se profundizaban las divisiones.

Por eso, cuando los principales líderes del PRD decidieron reunirse para rescatar la organización, muchos pensaron que aún era posible recomponer el rumbo. Pero todos los comienzos son difíciles. Los acuerdos, aunque necesarios, no siempre son fáciles de cumplir, especialmente cuando hay muchas ambiciones en juego.

Durante ese proceso de reorganización interna, se dio un momento clave: Hipólito Mejía y Luis Abinader solicitaron a Miguel Vargas un 40% de los cargos de dirección. No era una cifra caprichosa, sino una representación simbólica del peso político que sus corrientes reclamaban dentro de la organización.

Al final, Abinader solo obtuvo un 20%, lo cual fue interpretado por muchos como una muestra de que los pactos no se estaban cumpliendo y que el centralismo de la dirección no daba paso a una verdadera convivencia democrática.

Ante ese panorama, muchos dirigentes comenzaron a buscar consensos fuera de las estructuras tradicionales. Fue entonces cuando se gesta lo inevitable: el nacimiento del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Un partido que surgió de las entrañas del PRD, como respuesta al desencanto, a la falta de apertura y a la necesidad de crear una nueva plataforma política más participativa, más transparente, más moderna.

Así, del conflicto emergió una nueva fuerza política. Pero, como toda historia cíclica, la lección sigue viva: cuando los liderazgos no escuchan, cuando los acuerdos se incumplen y cuando la ambición supera al sentido de proyecto colectivo, los partidos se fragmentan. El PRD fue víctima de sus errores internos, y el PRM, aunque hoy gobierna, no está exento de repetir la historia si no aprende de ese pasado reciente.

Hoy, más que recordar con nostalgia, toca reflexionar: ¿cuánto pesan los egos personales en las decisiones colectivas? ¿Cuánto perdemos como país cuando la democracia interna se sacrifica en el altar del poder?

El futuro de los partidos en la República Dominicana depende de su capacidad de recordar estas lecciones. Porque si bien todos los comienzos son difíciles, más difícil aún es reconstruir lo que una vez se rompió por no escuchar.

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