NacionalesOpinión

“Cuando los líderes se dividen, el pueblo pierde: la lección que la historia política dominicana no ha querido aprender”

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En la reciente historia política dominicana, uno de los factores más determinantes en los triunfos y derrotas de los partidos ha sido la división de criterio entre sus líderes. Cuando las ambiciones personales se imponen sobre la visión colectiva, los proyectos políticos terminan fragmentándose, y con ello se pierde la oportunidad de consolidar procesos de desarrollo institucional. La historia moderna del país está repleta de ejemplos en los que el poder se ha escapado de las manos por la incapacidad de los dirigentes de anteponer el interés nacional al ego personal.

Uno de los casos más emblemáticos fue el de José Francisco Peña Gómez y Jacobo Majluta, dos grandes figuras del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) que, pese a su enorme talento político, terminaron dividiendo al partido. La lucha interna entre ambos provocó rupturas profundas que debilitaron la estructura del PRD, afectando la unidad necesaria para alcanzar el poder. Lo que en un momento parecía un enfrentamiento ideológico terminó siendo una batalla de egos, y la consecuencia fue clara: el pueblo dominicano perdió la oportunidad de tener un gobierno de unidad progresista.

Más adelante, la historia se repitió con Hipólito Mejía y Miguel Vargas Maldonado, quienes protagonizaron otra división dentro del mismo PRD. Las diferencias entre ambos se convirtieron en un conflicto irreconciliable que culminó con la salida de Vargas del liderazgo activo del partido y el posterior surgimiento del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Esa fragmentación dejó al PRD debilitado y redujo su influencia política a niveles mínimos. Sin embargo, el nuevo partido, el PRM, supo reorganizarse y capitalizar el descontento de las masas, convirtiéndose años después en la principal fuerza política del país.

En el caso del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), el conflicto entre Leonel Fernández y Danilo Medina marcó el inicio de una era de confrontaciones internas que terminaron con la división del partido morado. Leonel, tras perder la candidatura interna frente a Gonzalo Castillo, decidió abandonar la organización y fundar la Fuerza del Pueblo (FP), llevando consigo a un grupo importante de dirigentes y militantes. Esa división fue determinante para que el PLD perdiera el poder en las elecciones del 2020, abriendo paso al ascenso del PRM.

Estos ejemplos reflejan un patrón constante en la política dominicana: cuando los líderes no logran manejar sus diferencias con madurez y sentido histórico, el resultado inevitable es la pérdida del poder. Ningún partido ha sido inmune a este fenómeno. La ambición de liderazgo personal, la falta de renovación generacional y la resistencia a los consensos han sido factores que han debilitado tanto a la izquierda como a la derecha, dejando un panorama fragmentado que muchas veces beneficia al adversario político.

Hoy, el PRM, consciente de esa lección, enfrenta el reto de mantener su unidad de cara al 2028. Si sus líderes logran mantenerse cohesionados y evitan caer en luchas internas, podrán llevar a cualquier candidato a la victoria. La clave estará en la disciplina política y la capacidad de consolidar un proyecto común que garantice continuidad en la gestión y estabilidad nacional. La unidad será su mejor estrategia de poder.

En cambio, si el PLD y la Fuerza del Pueblo persisten en su división, seguirán limitados a ser simples espectadores del escenario político. Ambos partidos tienen estructuras fuertes, experiencia y liderazgos valiosos, pero la falta de un acuerdo o una visión compartida los mantiene alejados del poder real. Mientras no se produzca una reconciliación entre sus cúpulas, seguirán “oliendo donde se hace el guiso”, como dice el pueblo, sin sentarse verdaderamente a la mesa de las decisiones.

Aún falta tiempo para las elecciones de 2028, pero los movimientos que se realicen desde ahora definirán el futuro político del país. La historia ha demostrado que la unidad vence y la división derrota, sin importar el color o el símbolo partidario. Si los líderes aprenden de los errores del pasado, podrían transformar el panorama nacional. De lo contrario, el pueblo seguirá viendo cómo las ambiciones personales destruyen los sueños colectivos de progreso y bienestar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *