De la ruptura entre Majluta y Peña Gómez al desafío actual del PRM
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
La historia política de la República Dominicana ha estado marcada por momentos decisivos en los que las divisiones internas han determinado el rumbo del poder. Uno de los episodios más emblemáticos ocurrió en 1986, cuando la pugna entre Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez terminó por debilitar profundamente al Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
A pesar de los múltiples esfuerzos, reuniones y diligencias encaminadas a limar asperezas entre ambos líderes, las diferencias nunca lograron superarse por completo. La lucha interna fue más fuerte que la voluntad de unidad, y esto tuvo consecuencias directas en el escenario electoral de la época.
La división interna del PRD en aquel entonces no solo fracturó la organización, sino que también envió un mensaje de inestabilidad al electorado dominicano. Esa percepción fue aprovechada por sus adversarios políticos, quienes lograron capitalizar el desorden interno del partido blanco.
El resultado fue contundente: el PRD perdió el poder en las elecciones de 1986, evidenciando que ninguna estructura política, por más fuerte que parezca, puede sostenerse si sus líderes no logran ponerse de acuerdo en momentos cruciales.
Con el paso de los años, este episodio ha sido recordado como una lección histórica sobre la importancia de la unidad partidaria. Incluso, se ha señalado que en su lecho de muerte, Peña Gómez expresó su pesar por no haber cedido el paso a Jacobo Majluta, reconociendo así que las decisiones personales pueden tener consecuencias colectivas trascendentales.
Este arrepentimiento refleja la dimensión humana detrás de la política, donde los egos, las aspiraciones y las rivalidades pueden imponerse sobre el interés común, generando resultados que marcan generaciones.
En la actualidad, la historia parece enviar un mensaje claro al presente político dominicano. El Partido Revolucionario Moderno (PRM), heredero de las luchas y experiencias del pasado, enfrenta el desafío de mantener la cohesión interna de cara a futuras elecciones.
Si el PRM no logra preservar la unidad entre sus principales figuras, podría verse atrapado en una situación similar a la vivida por el PRD en 1986. Las divisiones internas, aunque silenciosas, pueden erosionar la confianza del electorado y abrir espacios a la oposición.
En ese contexto, la figura de Luis Abinader se convierte en un elemento clave dentro de la estrategia política del PRM. Su liderazgo y posicionamiento podrían ser determinantes para mantener la estabilidad del partido.
De no llevar a Abinader como candidato o de fracturarse la unidad interna, el PRM correría el riesgo de repetir la historia, perdiendo la presidencia no necesariamente por la fuerza del adversario, sino por sus propias debilidades internas, demostrando una vez más que en política, la unidad no es una opción, sino una necesidad vital.

