“Diez meses de silencio, lágrimas y fe: el dolor que no se apaga”
Por Juan José Encarnación
SANTO DOMINGO, RD.-
Leer las palabras de Melba Grullón es como abrir una herida que nunca termina de cerrar. Diez meses abrazada a la fuerza divina no son solo tiempo: son noches interminables, silencios rotos por el llanto y amaneceres donde el alma pesa más que el cuerpo. Cada gesto de solidaridad que ella menciona los abrazos mudos, las miradas cargadas de lágrimas no hacen sino confirmar que su dolor ha sido compartido por un país entero que todavía no sabe cómo consolarla.
Cuando Melba habla de recoger frases hermosas y sanadoras, uno entiende que no es consuelo lo que busca, sino fuerza para seguir respirando. Porque agradecer, en medio de una pérdida tan devastadora, es un acto de valentía extrema. Es reconocer que el amor que le llega no sustituye a Alexandra, pero evita que la oscuridad lo cubra todo.

Melba es una mujer de sentimientos nobles, una mujer estoica, capaz de mantenerse en pie cuando el corazón ha sido golpeado con una violencia que nadie debería soportar. Aguantar un dolor así no es sencillo; es una batalla diaria contra el recuerdo, contra la ausencia, contra ese vacío que grita incluso cuando todo está en silencio.
El caso del Jet Set no fue solo una tragedia: fue una barbaridad que marcó vidas para siempre. Un genocidio involuntario del alma, donde muchas familias quedaron rotas sin previo aviso. Pensar en ello todavía quita el sueño, porque no hay explicación suficiente ni justicia emocional que devuelva lo perdido.

He sufrido esa brutalidad desde la empatía más profunda, desde la impotencia de saber que nada de lo que se diga puede borrar el horror vivido. Muchas veces el pensamiento vuelve en la madrugada, como un eco cruel que no permite descansar, recordándonos que la vida puede cambiar en un segundo.
Cada lágrima derramada, cada palabra escrita por Melba, es un testimonio de amor eterno. Porque solo quien ama de verdad puede doler así. Y solo quien tiene un corazón inmenso es capaz de agradecer en medio del naufragio.

Este no es solo un texto de tristeza; es un grito silencioso por la memoria, por la dignidad de los que ya no están y por la fortaleza de quienes siguen caminando con el alma rota, pero de pie. Porque hay dolores que no se superan… se aprenden a cargar.

