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El buey odfélico y sus garrapatas

 

Por Juan Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

El buey odfélico está enfermo. No porque le falte fuerza, ni porque haya perdido el rumbo, sino porque está cubierto de garrapatas que le succionan la sangre día y noche.

Estas garrapatas, enquistadas en su piel desde hace años, se alimentan del sudor de sus esfuerzos y del alma de su historia, mientras aparentan cuidar al buey que lentamente desfallece.

Así escribía Orlando Martínez, con la pluma afilada y el coraje limpio: cuando un organismo está contaminado, hay que extirpar el mal, aunque duela. No se puede salvar al buey si no se actúa con urgencia. Las garrapatas deben ser removidas, sin titubeo, antes de que la anemia institucional lo derribe definitivamente.

La selva odfélica necesita nuevos pastores, nuevas voces, nuevos pasos. Hermanos como Ramón Guerrero, José Romero y Ramón Santana —hombres de probada honestidad y vocación— podrían guiar al buey hacia el agua clara, lejos del pantano donde hoy lo tienen atado los leones eméritos y sus cómplices.

Si estos hermanos aceptaran tomar las riendas, la selva se reordenaría y el buey volvería a caminar firme y con dignidad.

Entre todos los animales que han mostrado su interés por dirigir, el mono es, sin duda, quien tiene las mejores condiciones. Es astuto, valiente y tiene el oído puesto en los árboles, donde susurra la voz del pueblo.

Pero los leones eméritos —esos mismos que un día juraron proteger la manada y hoy solo protegen su trono— le tienden una alfombra roja, no para honrarlo, sino para, llegado el momento, jalársela desde debajo y hacerlo caer.

Porque el mono, aunque tiene méritos, no es el “elegido” de los leones. Y en vez de apoyarse en esas fieras que ya no cazan, sino que saquean, debería mirar a los borregos. Sí, los borregos.

Porque en esta selva, los borregos no son tontos ni sumisos: son la mayoría, son los que trabajan, los que creen, los que llevan en sus lomos el sentir profundo de todos los animales.

El buey aún puede salvarse. Pero para lograrlo, hay que dejar de temerle a la verdad, sacudirse las garrapatas y confiar en aquellos que, sin buscar gloria, saben pastorear con justicia.

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