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(XVIII de XX) El coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, de la tumba municipal al Panteón Nacional: un triunfo de la perseverancia de su viuda

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

El traslado de los restos del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez al Panteón Nacional fue uno de los logros más significativos que su esposa persiguió con persistencia y determinación. No fue un proceso sencillo ni rápido, pues requirió años de gestiones, reclamos y la firme voluntad de mantener viva la memoria de quien fue un símbolo de la democracia y la dignidad militar en la República Dominicana. Para ella, el descanso eterno de su esposo en el Panteón Nacional no era solo un homenaje personal, sino un acto de justicia histórica hacia uno de los protagonistas más nobles de la gesta de abril de 1965.

La perseverancia con que impulsó esta causa refleja la fidelidad de una viuda que nunca dejó de luchar por los ideales que compartió con su esposo. Sabía que Fernández Domínguez no era únicamente suyo, sino patrimonio de una nación que había heredado el sacrificio de aquel coronel que se levantó en defensa de la Constitución. Por eso, no descansó hasta ver concretado su traslado del cementerio municipal, donde reposaba discretamente, hacia el lugar reservado para los más grandes héroes dominicanos: el Panteón de la Patria.

El proceso tomó forma definitiva cuando el entonces presidente de la República, Danilo Medina, promulgó la Ley 86-13, el 12 de julio de 2013. Esta legislación, aprobada previamente por el Congreso Nacional el 2 de abril del mismo año, disponía de manera oficial el traslado de los restos del coronel Fernández Domínguez al Panteón Nacional. Con este acto jurídico, se ponía punto final a una espera de décadas y se abría paso a un merecido reconocimiento en el altar de la historia dominicana.

La ley no solo autorizaba el traslado, sino que también designaba a una comisión especial para velar por su cumplimiento. Esa comisión estuvo encabezada por dos ministros claves: el de Defensa, almirante Sigfrido Pared Pérez, y el de Cultura, José Antonio Rodríguez. Ambos representaban la unión de la fuerza armada y de la visión cultural de la nación, dos esferas donde Fernández Domínguez había dejado huellas profundas. Su figura encarnaba tanto el valor militar como la entrega a la causa civil de la libertad y la democracia.

El acto de traslado se convirtió en una ceremonia solemne que trascendió lo protocolar. Fue un encuentro de generaciones y de memorias, un momento en el que la República Dominicana reconoció en el coronel a uno de los más altos referentes de su historia reciente. No se trataba solo de mover una osamenta, sino de reafirmar el compromiso de un pueblo con la memoria de aquellos que entregaron su vida por un ideal superior: la defensa de la Constitución y la soberanía nacional.

Durante la ceremonia, el general retirado Héctor Lachapell Díaz, quien también formó parte de la gesta revolucionaria de abril de 1965, tuvo a su cargo las palabras centrales. Su discurso fue más que un homenaje; fue un testimonio vivo de un compañero de lucha que compartió los mismos riesgos y las mismas convicciones que Fernández Domínguez. Con voz firme, recordó el legado de aquel coronel que supo anteponer la patria a cualquier interés personal.

El simbolismo de este discurso fue inmenso. No era un político ni un funcionario el que hablaba, sino un protagonista directo de la historia, alguien que había estado en las trincheras junto a Fernández Domínguez. Sus palabras sirvieron para conectar la memoria del héroe con la realidad presente, reafirmando que los ideales de justicia y democracia por los que él luchó aún siguen siendo un desafío para la nación dominicana.

La figura de Fernández Domínguez, exaltada en ese acto, quedó así consagrada no solo como un militar leal a la Constitución, sino como un referente moral para las futuras generaciones. Su traslado al Panteón Nacional permitió que su legado quedara inscrito en la piedra y en la memoria colectiva, al lado de otros grandes héroes de la patria. Fue una manera de garantizar que su ejemplo no se perdiera en el olvido de los cementerios locales, sino que permaneciera visible y venerado en el corazón de la capital.

Para su viuda, aquel momento representó la culminación de una de las luchas más intensas de su vida. Ella había acompañado en espíritu a su esposo en todas sus batallas, incluso después de su muerte, y al verlo reposar en el Panteón Nacional pudo sentir que se había hecho justicia. Ese día expresó con emoción: “Roberto, conseguimos llevarlo al Panteón Nacional, ahora vamos a hacer la diligencia para realizar una película, que siempre fue nuestro afán”, dejando claro que su empeño no se agotaba en este triunfo, sino que continuaba con el deseo de inmortalizar en el cine la vida de su esposo.

En definitiva, el traslado de los restos del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez al Panteón Nacional no fue solo un acto ceremonial ni un gesto político. Fue un compromiso cumplido con la historia, una victoria de la perseverancia y un homenaje a la dignidad de un hombre que sacrificó todo por la libertad de su pueblo. Su memoria, ahora inscrita entre los grandes héroes de la nación, sigue recordando a los dominicanos que los ideales no mueren y que la justicia, aunque tarde, siempre llega.

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