El precio de no escuchar
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Aquel año, 1986, la política dominicana vibraba al ritmo de una rivalidad feroz y enconada. El país se acercaba nuevamente a las urnas, y aunque la esperanza parecía estar sobre los hombros del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), las fisuras internas eran más profundas que nunca.
Juan José, hombre de mirada clara y verbo directo, entendía lo que estaba en juego. Sabía que si Joaquín Balaguer regresaba al poder, la persecución política no sería una posibilidad lejana, sino una realidad concreta.
Faltaban apenas meses para las elecciones cuando se atrevió a plantear lo impensable: que los funcionarios del jorgeblanquismo, aún con todas sus reservas, se sumaran a la candidatura de Jacobo Majluta.
No se trataba de un gesto de rendición, sino de una jugada estratégica. La unidad era la única salida posible si el PRD quería sobrevivir al vendaval electoral y, más importante aún, al vendaval institucional que vendría si el Dr. Balaguer retomaba las riendas del Estado.
Juan José buscó a Fulgencio Espinal, entonces figura prominente del jorgeblanquismo, para hacerle ver esa urgencia histórica. La propuesta era arriesgada, sí, pero necesaria. Sin embargo, el llamado a la sensatez cayó en oídos cerrados por el orgullo, la desconfianza y el deseo de preservar parcelas de poder a corto plazo. La vieja lucha entre majlutistas y jorgeblanquistas seguía imponiéndose por encima del interés colectivo.
“Si Balaguer vuelve, todos van a caer presos”, advirtió Juan José con firmeza. No era retórica. Era una advertencia basada en el olfato político de quien había vivido ya varias transiciones de poder y conocía las reglas no escritas de la venganza política.
Pero no le creyeron. No quisieron creerle.
Fulgencio, quien en algún momento pudo ser el puente entre las facciones, terminó siendo enemigo de todos. No solo fue rechazado por los majlutistas, sino también traicionado por muchos jorgeblanquistas que no querían saber de pactos ni alianzas. Su figura quedó marginada, atrapada entre la lealtad partidaria y el oportunismo interno.
El resultado fue amargo y conocido: Jacobo Majluta ganó las elecciones, pero un grupo de notarios nombrado por Jorge Blanco decidió entregar el pòder a Joaquin Balaguer prefiriendo perder el país con tal de no ver ganar a su rival interno.
Y, tal como lo había advertido Juan José, la persecución llegó. Los expedientes se desempolvaron, las cárceles se abrieron, y aquellos que no quisieron unificarse en torno a Jacobo, terminaron desunidos y desamparados ante un nuevo ciclo de represión.
La historia tiene formas crueles de enseñarnos las lecciones que decidimos ignorar. El 1986 no solo fue el año del retorno de Balaguer, sino también el año en que la ceguera política del PRD selló su propio destino. El precio de no escuchar fue alto. Y, aún hoy, sigue siendo una advertencia vigente para los que anteponen el ego al bien común.

